Artículo completo sobre Moitas Venda: olivar, péres y silencio
Pueblo de Alcanena donde el aceite se vende sin etiqueta y faltan jóvenes
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La carretera serpentea desde el Tajo, dejando atrás el olor a corcho de Alcanena. Cuando el aire se seca y el asfalto se vuelve rugoso, ya estás: Moitas Venda emerge entre la penumbra de chimeneas bajas y televisores chirriando dentro de las cocinas. Setecientos ochenta y una personas —pero a la hora de cenar parecen cien, tantas casas con las ventanas cerradas desde que los hijos se marcharon.
Lo que no ve el censo
En el papel, sobran doscientos treinta y ocho ancianos y faltan casi doscientos jóvenes. En la práctica, sobran bancos vacíos en el Café Ramires, donde Nuno sirve un cortado cortísimo antes de las ocho —después cierra, porque «ya no viene nadie». Faltan, sobre todo, manos para la recolección de la aceituna: vendimias enteras hechas por brasileños y nepalíes que duermen en porches convertidos, cocinan con bombonas de butano y mandan dinero al otro lado del mundo.
El aceite que no necesita nombre
El olivar empieza justo al salir de la carretera nacional. Quien trabaja en él lo llama simplemente «aceituna»; la DOP se queda para las etiquetas que nunca se pegan en las garrafas de cinco litros vendidas de puerta en puerta. Entre noviembre y enero, el aire se vuelve tan denso con el olor al orujo que hasta la ropa interior lo despide. En el almazár de Zé Carlos, la aceituna cubre el suelo como una alfombra verde-negra; fuera, el burro se amarra a la sombra del eucaliptal y espera su turno para llevar los tambores vacíos.
Pêra Rocha: el fruto de quien se harta
Los perales están más al oeste, en suelos donde la caliza rompe la azada. Aquí la fruta no es mito: es lo que sobra después de que los camioneros paguen lo que pagan. Entre agosto y septiembre, las mujeres se anudan pañuelos en la cabeza, se ponen guantes de vaqueta y tratan cada pera como si fuera un huevo de oro —pero saben que buena parte acabará en el mercado de transacción de Alcanena, donde el precio se decide por móvil entre compradores que jamás han pisado la tierra.
El plato que no falta en la mesa
El viernes es día de matanza. El cerdo, comprado en vida al vecino, sangra en la gamela de cemento antes de las cinco de la mañana. Después vienen la tripa para los embutidos, la barriga para el colorau, los menudos para la sopa de nabo. El humo del encina impregna el abrigo del señor António, que a sus ochenta años aún sube al tejado para ver si aguanta el tiempo. El arroz con alubias lleva siempre un hilo de aceite generoso —«para engordar el puchero», dicen— y se sirve en cuenco de barro que resbala sobre el mantel de lino bordado por la abuela ya muerta.
Quien duerme aquí y quien solo pasa
Hay una habitación en alquiler en la Casa da Ladeira: tiene televisión por cable, mantas de lana y un gato que decide quién puede quedarse. No hay web, no hay Instagram; se reserva por llamada al fijo, y si está libre está, y si no, se prueba en la siguiente. La mayoría de visitantes son técnicos de la Escuela Profesional de Alcanena o familiares que vienen los domingos a comer bifanas en la Tasquinha. Se llevan una botella de aceite como quien trae noticias de otro mundo.
La luz que no engaña
Cuando el sol se pone tras el monte do Colcurinho, el altiplano se vuelve dorado durante exactamente siete minutos —quien vive aquí sabe la hora sin mirar el reloj. Después llega el frío que resquebraja los azulejos, el viento que trae olor a estiércol y madera quemada. Moitas Venda no pide visitas; le basta con que el cartero siga subiendo la calle de la Iglesia, que el tractor de Joaquim arranque a las seis y media, que el silencio nocturno sea tan completo que se oiga al perro del otro lado del pueblo roer el hueso que le dieron de cena.