Artículo completo sobre Serra de Santo António: la campana que avisa a los alimoches
Entre hornos de cal y milagros, la sierra de Alcanena guarda olor a romero y piedra al sol
Ocultar artículo Leer artículo completo
La campana de la capilla de Nuestra Señora de la Concepción dobla al mediodía. No convoca a misa: avisa de que una bandada de alimoches cruza el cielo sobre la sierra. La costumbre viene de siglos atrás, cuando los pastores creían que el vuelo de esas aves anunciaba tormenta. Hoy la campana es eléctrica, pero el ritual sigue intacto. Desde aquí, a 340 metros de altitud, en la vertiente occidental de la Sierra de Santo António, la mirada alcanza el valle del Alviela y la llanura del Ribatejo mientras el viento trae olor a romero y a piedra calentada por el sol.
Una parroquia nacida de una ermita
El origen de este lugar está en una devoción. A mediados del siglo XVI alguien levantó una ermita dedicada a San Antonio en lo alto de la sierra. Peregrinos y pastores comenzaron a asentarse en los valles cercanos. En 1573, don Sebastián elevó el lugar a parroquia independiente. El topónimo es simple: Sierra de Santo António —la geografía y el santo fundidos en un solo nombre. La iglesia parroquial que hoy se ve data de 1785, reconstruida sobre la ermita original. La fachada joanina es sobria: portal de piedra desbastada, espadaña de dos campanas. En su interior, un retablo barroco en talla dorada guarda la imagen del patrón, del siglo XVII. En el presbiterio, una lápida de 1653 registra la donación de un campo por «un ciego que recuperó la vista al invocar a San Antonio» —el primer milagro escrito de esta tierra.
Hornos, cal y carbón
Durante el siglo XIX, el descubrimiento de carbón vegetal en la sierra transformó la economía local. Varios hornos abastecían a las fábricas de cal de Alcanena. En el lugar del Paul aún se conserva un horno medieval catalogado como Monumento de Interés Público: estructura circular de piedra de tres metros de diámetro, boca de carga parcialmente colapsada. Es uno de los pocos del país donde aún se realiza, cada año, una quema simbólica con la técnica tradicional: leña de alcornoque alimentada a pulso. La Ruta de los Hornos, seis kilómetros circulares, une la iglesia con los antiguos hornos y al mirador del Crucero. Al amanecer, el silencio de la dehesa de alcornoques y encinas se rompe con el grito de los buitres que anidan en los peñascos.
Romerías, piñas y autos
El domingo siguiente al 13 de junio, la procesión de Santo António serpentea alrededor de la iglesia. En la plaza reparten el bollo de Santo António —miel, nueces, canela, costra crujiente y miga húmeda que se pega a los dedos—. El primer domingo de mayo, la Fiesta de la Piña revive una costumbre antigua: los chicos regalaban a las chicas una piña adornada con cintas de colores como presente de cortejo. Hoy el gesto sobrevive en talleres infantiles. Durante la Navidad, el Auto de los Pastores llena la iglesia con versos improvisados, panderetas, concertinas y adufes. Los vecinos representan la adoración al Niño, recitando un texto del siglo XVIII que se transmite de boca en boca sin haber sido jamás escrito en papel.
Comer despacio, a la pastora
El estofado de cordero a la pastora cuece en horno de leña: patata, cebolla, menta y AOVE DOP Aceites del Ribatejo, que llena la cocina de vapor denso y aromático. El cabrito asado en horno de barro lleva solo ajo, sal y pimentón; se sirve el domingo de Pentecostés. El bollo de miel de Sierra usa miel de romero de las colmenas esparcidas por la ladera. La Pera Rocha del Oeste DOP, cultivada en los huertos del fondo del valle, se convierte en dulce en almíbar aromatizado con piel de naranja. El queso de oveja curado, pasta semidura y sabor ligeramente picante, pide un vino blanco ligero de la región de Lisboa. En los meses fríos, la sopa de alubias negras con espinacas acompaña broa de maíz tostada, crujiente por fuera.
Agua fría y setas en otoño
La Ribera de Alcanena cruza el territorio de este a oeste, formando cascadas y pozas. El Pozo del Perro es zona de baño en verano: agua limpia, mesas de piedra, sombra de fresnos. La altitud y la exposición norte crean un microclima húmedo que, en otoño, hace brotar níscalos y chantarelas entre la jara y el musgo. La Mata de la Sierra alberga jabalíes y una importante colonia de buitres. Desde el mirador del Crucero, un telescopio fijo permite observar el vuelo planeado de estas aves y, con suerte, divisar el narciso salvaje y la orchis italica que florecen en primavera.