Artículo completo sobre Santa Margarida da Coutada: campanas y alcornoques
Parroquia de 1618 entre corchos, fuentes de granito y silencio apenas roto
Ocultar artículo Leer artículo completo
El silencio de la mañana se rompe con el tañido de una campana: tres golpes pausados que suben desde la iglesia parroquial y mueren en la dehesa de alcornoque. A lo lejos, un perro ladra. El olor a tierra seca se mezcla con el aroma de la esteva, que cubre las laderas como una manta verde pizarra. Santa Margarida da Coutada despierta despacio, sin prisa, en un territorio donde cada kilómetro cuadrado alberga apenas dos personas. Aquí, la densidad de población es un dato que se siente: hay espacio para respirar, para caminar una hora entera sin cruzarse con nadie, para escuchar el propio eco.
Una parroquia nacida de un bautismo clandestino
La tradición local cuenta que la parroquia nació en 1618 de un acto de rebeldía litúrgica: alguien colocó a escondidas una pila bautismal en la capilla existente, forzando el reconocimiento oficial de la nueva parroquia escindida de Vila de Rei. Verdad o leyenda, lo cierto es que el topónimo «Coutada» delata un origen mucho más remoto: estas tierras fueron antaño coto real de caza, reservadas para la montería hasta la reforma administrativa de 1834. La iglesia actual, levantada en 1867 sobre los cimientos de una capilla del siglo XIII, mantuvo la misma orientación litúrgica del primitivo templo. En su interior, la talla dorada del altar mayor brilla bajo la luz filtrada por los vidrieras, mientras los paneles de azulejo decimonónicos narran episodios de la vida de la santa patrona.
Agua que corre, piedra que guarda
En una tierra de escasez hídrica, las fuentes son hitos de supervivencia y arquitectura popular. La Fonte de São João, en Aldeia, se construyó en 1849 —un año después de la Fonte Velha de Constância— como respuesta a una epidemia de fiebre tifoidea que asoló la región la década anterior. El lavadero anexo, en bloques de granito desgastados por el uso, conserva aún las marcas donde generaciones de mujeres frotaron la ropa al son de conversas y cantares. Más al sur, en la Portela, la Fonte da Mina inaugurada en 1882 mantiene intacta la estructura original, con el agua fría escurriendo de una canilla de hierro oxidado hacia un estrecho tanque. Ambas son paradas obligadas del Trilho das Fontes, ocho kilómetros de caminos empedrados y muros de pizarra que conectan los dos manantiales, atravesando valles donde las riachuelos corren hacia el Tajo entre fresnos y sauces.
Dehesa, rapaces y silencio
El paisaje es un ejercicio de horizontalidad salpicado de alcornoques y quejigos. La dehesa se extiende hasta donde alcanza la vista, interrumpida por claros de pinar y matorral bajo de brezo y jaguarzo. Al atardecer, el Azude de Santa Margarida —pequeño espejo de agua junto a la fuente de São João— atrae a gaviotas y garzas reales que buscan alimento en las orillas fangosas. En el cielo, los buitres negros planeán en amplios círculos, aprovechando las térmicas vespertinas. El águila calzada, más discreta, acecha desde las ramas altas de los pinos, pendiente del movimiento de un conejo entre los matorrales.
Comer como quien reza
La gastronomía nace de la dehesa y del río. El estofado de cordero cuece despacio en cazuela de barro, aderezado con ajo y cilantro. El arroz de sarrabulho, denso y oscuro, lleva el sabor ferroso de la sangre de cerdo mezclada con chorizo y morcilla. En las mañanas frías, la sopa de tomate con huevo escalfado se sirve humeante, el pan alentejano empapado en el caldo espeso. Los fogaceiros —folares dulces de huevo— aparecen en las mesas durante la Festa de Santa Margarida, el cuarto fin de semana de agosto, cuando la explanada de la iglesia se llena de casetas y la charanga ensaya pasos de vira y corridinho. El aceite nuevo, extraído entre noviembre y diciembre de los olivares que rodean la parroquia, se prueba con pan caliente y flor de sal, una ceremonia que renueva anualmente el vínculo con la tierra.
Cuando la luz baja y el calor del día se disipa, la dehesa se tiñe de cobre. Las sombras de los alcornoques se alargan sobre la tierra roja. A lo lejos, el tañido de la campana anuncia las seis —o las siete, o las ocho, aquí nadie mira mucho el reloj—. Queda el eco metálico vibrando en el aire seco, y el olor a esteva que se pega a la ropa, a la piel, a la memoria.