Artículo completo sobre São José da Lamarosa: arroz, silencio y horizonte infinito
Entre el Sorraia y el Tajo, el pueblo ribatejo donde el tiempo se mide en campos de arroz
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El aroma del arroz recién segado flota en el aire húmedo de la vega. Aquí, donde el Sorraia aminora el paso antes de entregarse al Tajo, la tierra se extiende llana y fértil, surcada por acequias que devuelven el cielo en su espejo. São José da Lamarosa respira al compás lento de las lezírias, ese pulso agrícola que marca las estaciones no por el calendario, sino por el color de los campos: verde intenso en primavera, dorado en verano, marrón en otoño cuando la tierra descansa.
La parroquia se reparte en más de once mil hectáreas de llanura ribatejana, una inmensidad donde la densidad de población apenas alcanza los trece habitantes por kilómetro cuadrado. No hay multitudes ni prisas. Lo que hay son caminos de tierra entre arrozales, caballos sueltos en las dehesas, el silencio denso de las tardes de verano cuando el calor lo paraliza todo. A setenta y siete metros y medio de altitud se ve lejos: el horizonte no se esconde detrás de colinas, se despliega sin ceremonias hasta donde alcanza la vista.
Arroz con nombre propio
El Arroz Carolino de las Lezírias Ribatejanas IGP no es aquí solo un producto certificado: es identidad. Los campos anegados reflejan el cielo invernal, se vuelven alfombras verdes en primavera, maduran bajo el sol inclemente de agosto. Desde la carretera se observa la geometría perfecta de las parcelas, las compuertas que regulan el agua, los tractores que avanzan despacio sobre el barro. Este arroz, de grano suelto y sabor delicado, nace de la combinación exacta entre el suelo aluvial y el agua dulce que baja del interior. En las cocinas locales es la base de todo: del arroz con tomate al arroz con sangre, platos que solo exigen tiempo y paciencia.
La Carnalentejana DOP también tiene presencia, aunque aquí el ganado se cruza más con la tradición ribatejana que con la propiamente alentejana. Las vacas pastan en las lezírias, aprovechan los restos del arroz, engordan despacio bajo el sol del Ribatejo. La carne, de fibra corta y grasa entrelazada, llega a las mesas en estofados que cuecen horas y horas, soltando aromas que se pegan a las paredes.
El peso de los años
¿Mil quinientos habitantes? No, son mil cuatrocientos y pocos: suficientes para llenar la iglesia el domingo, pero dejar vacías las bancas en la misa de las siete. La escuela primaria tiene dieciséis alumnos en tres cursos; el maestro conoce a los abuelos de la mitad. Los bares abren a las siete para que el personal de campo tome el café con aguardiente antes de entrar al arrozal, cierran a las diez y media cuando el último jubilado se levanta para irse a comer a casa. Es un ciclo que se repite desde hace décadas, solo que ahora anochece antes y los jóvenes se escapan en cuanto pueden: a Lisboa, a Setúbal, incluso a Francia, como en tiempos de nuestros padres.
Geografía del silencio
No vengas buscando monumentos. Lo que hay es una planicie sin fin, caminos de tierra que se hunden en el barro tras la primera lluvia de octubre, y el sonido del viento rascando los sauces. Lleva gafas de sol: incluso en enero el reflejo del cielo en el agua de los arrozales ciega al que no está acostumbrado. Y lleva tiempo: el de pararte a mitad de camino, encender un cigarro, escuchar a las ranas cantar en las acequias. A las seis de la tarde, cuando el sol se pone tras el Montejunto, el cielo se vuelve naranja quemado: el espectáculo diario por el que nadie paga entrada.