Artículo completo sobre Azinhaga
Entre casas encaladas, calles de tierra y el río Almonda respira la infancia del Nobel
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El suelo de tierra apisonada aún guarda la huella de los pies descalzos que José Saramago retrató en sus memorias. En la Casa-Museo que lleva su nombre, la cama de hierro de los abuelos sigue pegada a la pared encalada, junto al arcon donde guardaban las habas. El silencio de la estancia es denso, roto solo por el crujido de las tablas cuando alguien se atreve a entrar. Ahí comprendes que la literatura de Saramago no nació de la nada: nació de esto, de esta casa que huele a humo y a gallina del vecino asomada a la ventana.
La aldea se extiende por la vega a quince metros sobre el nivel del mar, entre campos de trigo que se ondulan al viento y viñedos que producen los vinos de la región del Tajo. Las calles estrechas —las auténticas azinhagas que dieron nombre al lugar— son lo que quedó de los caminos que llevaban el ganado al pasto. Hoy sirven para que los coches pasen justos y para que los mayores discutan de fútbol en la puerta del bar. En la plaza, la iglesia parroquial del Espíritu Santo está ahí desde 1591, pero lo que importa es que aún repican a fallecido. El antiguo edificio de la junta parroquial, que fue cárcel y registro civil, es ahora donde se renueva el DNI y donde el alcalde da la enhorabuena a los novios —aunque sean primos, cosa que aquí aún pasa.
La esquina donde se cruzan dos nombres
En 1987, la aldea bautizó una calle con el nombre de su hijo ilustre, mucho antes del Nobel de 1998. Saramago, que ya no venía desde hacía años, dijo que prefería tener una calle en Azinhaga que en Lisboa: “Al menos aquí sé dónde está”. Dos décadas después, Pilar del Río propuso que una segunda calle cruzara con la de su marido, creando la «esquina del beso». Es un gesto bonito, pero quien vive aquí la llama simplemente “la esquina de abajo”, porque es donde se aparca para ir al bar.
El Paseo del río Almonda se adhiere al agua, flanqueado por trece paneles ilustrados que recrean episodios de Pequeñas memorias. El río es el mismo de siempre: donde se aprendió a nadar, donde se perdieron canastillas y donde los críos aún van a pescar peces muertos con un alambre. El paisaje es horizontal como un plato volcado, y cuando el viento viene del norte trae olor a tierra removida y a cañas podridas. El sonido dominante es el viento en los álamos y, a lo lejos, el tractor de Adelino trabajando hasta las nueve de la noche porque “la tierra no espera”.
Aceite, carne y memoria
La agricultura sigue marcando el día a día. Los olivares producen aceite que ya prensaban tus abuelos en el lagar de Zé Manel —ese que estaba en la bodega donde ahora hay un bar. La Carnalentejana DOP huele a cuadra y a perejil, y cuando la vecina te manda un plato de estofado es porque te quiere. No hay restaurantes: hay la Tía Albertina, que te hace un cocido si se lo pides con tino, y el bar de la esquina donde sirven un bistec con huevo que parece caído del cielo.
La sede de la Fundación José Saramago abre de miércoles a sábado, entrada libre. Es donde los críos del colegio van a hacer trabajos de Lengua y donde los turistas alemanes preguntan si Saramago “vivía de verdad aquí”. Los objetos expuestos son los mismos que había en la casa de la abuela de cualquiera: la botija de barro, el quinqué de petróleo, la Singer que aún cosía ropa en remojo. La diferencia es que aquí llevan etiqueta.
El camino que cruza la vega
El Camino Central Portugués de Santiago pasa por aquí cerca, y los peregrinos paran en el bar a pedir agua y a mear al baño. El paisaje es generoso con quien camina despacio: permite ver las cigüeñas en la encina, sentir el calor del alquitrán derritiéndose en los pies y oír a Zé Mário decir que “esto ya no es lo que era”. La densidad de población es baja —treinta y siete habitantes por kilómetro cuadrado— y se nota en la amplitud del espacio, en la ausencia de prisa, y en que aún se sabe quién es hijo de quién.
La bandera de la parroquia, aprobada en 1997, muestra espigas de trigo y la montera de campino. Nadie sabe muy bien qué significa, pero el campino es el Rui, que se fue a la mili y volvió con un disco de Paulo de Carvalho que aún suena en el baile anual. No hay romerías grandes, pero el Día Mundial del Niño ponen una película en la plaza y dan palomitas a los críos —que son pocos, pero todos son vistos por todos.
Al caer la tarde, cuando la luz rasante da a las paredes de adobe un tono de cobre viejo, entiendes por qué Saramago volvía cada verano. No era por los museos: era por las sopas de tomate con huevo escalfado, por escuchar al Ventura hablar del tiempo del “aquíjá”, por sentir que había un sitio donde el tiempo no tenía prisa. Azinhaga no promete espectáculo: ofrece sustancia. El peso de las habas en el arca, el crujido de la cama de hierro, el olor a tierra mojada tras la lluvia. Memorias que no se inventan, que se tocan con las manos —y que, si tienes suerte, aún te dan un bollo de aceite de bienvenida.