Artículo completo sobre Gondemaria: entre huellas de dinosaurio y olivar milenario
A 240 m sobre el Tajo, el pueblo donde la tierra huele a tostada y el aceite es de la casa
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La luz de la mañana en Gondemaria no es solo luz: es ese amarillo de yema de huevo que hace que los olivares parezcan de plastilina. Estamos a 240 metros de altitud, lo justo para ver el Tajo allá abajo hacer de las suyas, pero sin el frío de las sierras. La tierra huele a tostada cuando hace sol y a cabrío cuando llueve. Punto.
Lo que cuenta la piedra
No hace falta ser geólogo para darse cuenta de que aquí hubo lío. Las huellas de dinosaurio —sí, eso mismo— están grabadas en la piedra como quien pisa barro húmedo y luego se arrepiente. Son de esas cosas que los críos del lugar enseñan a los visitantes con cara de “mira qué pasada”, mientras los padres rezan para que no se rompan la crisma. El Monumento Natural está ahí al lado, pero nadie de la parroquia lo llama así. Dicen simplemente “las huellas”.
Lo demás es olivar. Mucho olivar. 892 hectáreas donde la aceituna es como el huevo en casa de un español: nunca falta. La cosecha es en octubre, cuando los campos parecen un hormiguero humano. Las varas golpean, las redes se extienden y siempre hay alguien quejándose de que las máquinas lo estropean todo. El aceite va al almazara de Ourém, pero el bueno se queda aquí. Es como el vino de la casa: solo para quien es de la casa.
Pasa quien quiere
El Camino de Fátima cruza la parroquia de lado a lado como quien no quiere la cosa. Los peregrinos aparecen con las botas hechas polvo y esa cara de “cinco kilómetros más”. Siempre hay quien para en la fuente, llena el cantimplora y pregunta si queda mucho. Queda. Pero aquí no se miente: se les dice la verdad con un vaso de agua en la mano. Tenemos tres casas para dormir, todas de gente conocida. No son hoteles, son casas. Se entra por la puerta de atrás, se come lo que hay y se paga lo que se puede.
Dicen que somos 1.368, pero parecemos menos. Los niños son 153: da para conocerlos todos por nombre. Los mayores, 403, y nos conocen desde que nacimos. La densidad poblacional sirve para esto: cuando Antonio del Café falta el domingo, todo el mundo sabe que ha ido al hospital. No hay secretos, solo silencio. El tipo de silencio que solo se oye cuando se para el tractor de Joaquim y el perro de Seixas deja de ladrar.
Cuando se pone el sol
A las seis y media, el sol se esconde tras la sierra y los olivares se vuelven del color del aceite ya hecho. Es la hora en que los labradores guardan las azadas y los peregrinos aún no han llegado. Las huellas en la piedra siguen ahí, iguales desde hace millones de años, pero a nadie le importa. Lo que cuenta es que mañana hay otro día, otra cosecha, otro peregrino que pregunta si queda mucho. Y nosotros, entre el aceite nuevo y la piedra vieja, seguimos aquí —como hemos estado desde que me acuerdo y como estaremos cuando ya nadie se acuerde de nosotros.