Artículo completo sobre Matas: pisadas de dinosaurios entre alcornoques
En Ourém, la caliza guarda huellas de saurópodos y el silencio del Ribatejo
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El sendero se eleva apenas sobre la llanura del Ribatejo y, bajo las botas, el suelo cambia: deja de ser tierra apisonada para mostrar la anatomía del terreno, caliza blanquecina que aflora entre el verde de los pastos. Hay un silencio particular en estas colinas bajas de Matas, roto solo por el viento que atraviesa los montados de alcornoque y el ocasional tintineo de un cuello de oveja. La luz de la mañana, aún rasante, dibuja sombras largas en los caminos que peregrinos calzan camino de Fátima.
Cuando la tierra guarda memoria de cien millones de años
La parroquia se extiende por 12,89 km² de paisaje ondulado, a 150 metros de altitud, donde la agricultura convive con manchas forestales que justifican el nombre — matta, del latín, significa vegetación densa. Pero bajo la superficie es donde Matas guarda su secreto más antiguo. El Monumento Natural de las Huellas de Dinosaurios de Ourém/Torres Novas conserva, en losas de caliza expuestas, las marcas fosilizadas de saurópodos que hace 175 millones de años cruzaron fangos costeros. Las pisadas aparecen como cráteres irregulares en la piedra, algunas tan nítidas que parecen impresas ayer: tres dedos, un talón hondo, la dirección de la marcha aún legible. La caliza, gris y porosa, se calienta con el sol de la tarde y desprende un olor mineral, casi metálico, mezclado con el aroma de las hierbas bajas que crecen en las grietas.
La ruta de los peregrinos
Matas forma parte del Camino de Fátima, variante portuguesa del Camino de Santiago, y los dos alojamientos locales — la Casa do Rio y el Casal do Colégio — acogen a quien camina con la mochila a la espalda y la mirada fija en el horizonte. Los peregrinos atraviesan la parroquia a paso pausado, muchas veces en silencio, y el sonido de sus botas en la calzada se mezcla con el canto matutino de los mirlos. No hay multitudes aquí — solo 809 habitantes repartidos por el territorio, y la baja densidad se traduce en espacio, en horizontes amplios donde la vista alcanza kilómetros sin tropezar con hormigón.
Aceite y tierra
El olivo marca presencia discreta en el paisaje, y el aceite producido en estas tierras forma parte de la denominación de origen protegida Aceites del Ribatejo. En la almazara cooperativa de Ourém, entre octubre y diciembre, el aroma verde y ligeramente amargo de la aceituna triturada impregna el aire. Es un olor denso, vegetal, que se pega a la ropa y a la piel. La gastronomía de la parroquia no se distingue por platos exclusivos, pero bebe de la tradición ribatejana: la sopa de pedra, el estofado de cordero, el pan alentejano que aún se hornea en el horno comunitario de Matas los viernes, y llega a la mesa con la corteza crujiente y la miga caliente, perfumado a roble quemado.
Caminar entre dos tiempos
Los senderos que cruzan Matas — el PR2 “Huellas de Dinosaurios” y el PR3 “Camino del Colegio” — atraviesan campos cultivados, zonas de montado donde el alcornoque muestra la corteza rojiza recién descortezada, y valles donde pequeños cauces dibujan surcos en la tierra. No hay señalización turística excesiva, ni miradores instagramables — solo la geografía desnuda, el relieve suave, la textura rugosa de los árboles viejos y el frío húmedo que sube del suelo en las mañanas de invierno. La población envejece: 232 habitantes tienen más de 65 años, y solo 90 no han llegado a los 15. Pero la parroquia sigue habitada, trabajada, viva. El centro de día funciona en la antigua escuela primaria, cerrada desde 2012, y la fiesta anual en honor a Nuestra Señora del Carmen aún reúne gente suficiente para llenar la iglesia de piedra caliza del siglo XVIII.
Cuando el sol baja y la luz rasante ilumina las huellas fosilizadas, los cráteres se llenan de sombra y ganan profundidad, como si los dinosaurios acabaran de pasar. La caliza enfría deprisa, y el viento trae el olor lejano a leña quemada de alguna chimenea encendida. Queda esta imagen: marcas de 175 millones de años grabadas en la piedra, y el humo de una casa donde alguien prepara la cena.