Artículo completo sobre Nossa Senhora das Misericórdias: el silencio de Ourém
Entre dinosaurios fosilizados y la cripta de D. Afonso
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La piedra caliza guarda el eco de pasos que se repiten desde hace ochocientos años. En el atrio de la iglesia colegiata, el viento hace crujir las bisagras de la verja de hierro forjado mientras la luz de la tarde recorta las almenas del castillo contra el cielo. Aquí, en el antiguo burgo medieval de Ourém, el granito de las murallas conserva el frío de la noche incluso cuando el sol cae en picado sobre la Serra de Aire. No hay turba de turistas ni selfies —solo el silencio denso de la altitud y el murmullo ocasional de peregrinos que suben por la calzada irregular hacia el castillo.
El burgo que levantó D. Afonso
D. Afonso, cuarto conde de Ourém, mandó construir en el siglo XV el palacio señorial, los torreones y la cripta donde hoy descansa. La Fuente Gótica que ordenó edificar sigue manando agua de un manantial subterráneo —nunca se secó, ni en los veranos de gran sequía. Bajar los ciento veinte peldaños de la cisterna medieval es sumergirse en una oscuridad húmeda donde el sonido del agua amplifica cada respiración. Arriba, en la iglesia colegiata levantada ya en el siglo XVIII, la cripta funeraria conserva la tumba del conde en una penumbra que huele a cera vieja y cal. El terremoto de 1755 arrasó gran parte del burgo, pero la columna vertebral de piedra resistió, y lo que hoy se recorre es la reconstrucción lenta de siglos.
Huellas jurásicas en la caliza
A quince minutos andando del castillo, en el Barrio, la roca caliza expone rastros fosilizados de saurópodos que pisaron este suelo hace ciento setenta y cinco millones de años. La mayor huella mide noventa centímetros —el animal que la dejó tendría más de treinta metros de largo. El sendero interpretativo serpentea durante un kilómetro entre escarpes y dolinas, con paneles que explican la geología kárstica de la Serra de Aire. El centro de visitantes ofrece talleres de paleontología donde los niños moldean réplicas en yeso. Es un paisaje de contrastes abruptos: del gris rugoso de la piedra a los verdes densos de los alcornoques y encinas que cubren los valles, salpicados por pinos piñoneros y muros de piedra suelta.
Procesiones de velas y ferias antiguas
El siete de diciembre, al caer la noche, la imagen de Nossa Senhora da Conceição baja del castillo a la iglesia parroquial en una procesión de velas encendidas que ilumina la calzada irregular. Al día siguiente, la imagen sube de nuevo, acompañada por fieles que sujetan cirios contra el viento frío del invierno. El Viernes Santo, la Vía Crucis viviente transforma las calles medievales en un teatro al aire libre, con figurantes vestidos de época y cruces de madera cargadas a hombros. Todos los días veintisiete del mes, la feria callejera —documentada desde el siglo XV— extiende puestos de quesos de oveja, chorizos ahumados, cestas de mimbre y piezas de latonería artesanal. El olor a pan recién hecho se mezcla al aroma acre del aceite DOP Azeites do Ribatejo, prensado en los lagares de la parroquia.
Guisos, trouxas y aceite de cebolla
En la gastronomía local, el guiso de cordero cuece a fuego lento hasta que la carne se deshace. La chanfana —cabrito estofado en vino tinto— calienta las mesas en los meses fríos, acompañada de broa de maíz tostada. El bacalao asado en horno de leña gana costra dorada e interior jugoso, regado con aceite nuevo. En los dulces conventuales, las trouxas de huevo y los pasteles de Ourém perpetúan recetas monásticas, servidos con café cargado en tazas de porcelana gruesa.
Camino de peregrinos
El Camino de Fátima atraviesa la parroquia en una etapa de once kilómetros hasta el santuario, señalizada con flechas amarillas pintadas en muros y postes. Los peregrinos suben la ladera calcárea con mochilas a la espalda, parando a la sombra de las capillas rurales —la de Vilar dos Prazeres, del siglo XVI, la de la Melroeira, de 1627, la de Santo Amaro— donde la cal blanca refleja la luz cruda del mediodía. En los miradores naturales, la vista se extiende sobre el valle del río Alcoa y la planicie ribatejana, recortada por olivares que ondulan hasta el horizonte.
La tarde muere despacio sobre las almenas del castillo. El granito calienta bajo las palmas de las manos mientras, abajo, se encienden las primeras luces en las ventanas de la villa. El viento trae el olor a leña quemada de las chimeneas y el sonido lejano de una campana que marca las seis. Uno se queda ahí, entre la piedra y el cielo, a escuchar cómo el silencio se acumula en los valles.