Artículo completo sobre Alcaravela: aceite y silencio en Santarém
Pasea entre olivos centenarios y vacas morenas en este rincón del Ribatejo
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El sol atraviesa los olivares en diagonales de luz compacta, como cuando levantas la persiana de la cocina a las siete de la mañana. Aquí, a 305 metros de altitud, el aire tiene la densidad de una manta de lana fina: ni la humedad del banco de la plaza en Santarém ni la sequedad del tractor calentándose en medio del campo, sino algo que se nota en la piel como al entrar en un bar con aire acondicionado. Alcaravela se extiende por 37 km² donde el olivo marca el ritmo, y sus 779 vecinos conocen cada metro como yo el camino hasta el bar La Esperanza de mi pueblo.
La geometría de los olivares
El paisaje se ordena como las gradas del estadio de El Helmántico: primero los olivares, luego las tierras de labor, y al fondo el cielo, como la grada vacía de la afición visitante. Los Azeites do Ribatejo DOP no son cuento de turista: salen de los olivos que José Manuel plantó detrás de la carretera municipal 112, los mismos que su nieta recoge en diciembre con unas guantes de portero. En el almazár del señor Antonio, junto al cruce de la Herdade da Serrinha, el aceite cae espeso como la miel del Bom Jesús, y el olor se le queda en las manos todo el día.
Con 21 habitantes por km², el silencio entre casas es como cuando el bar cierra a las dos de la tarde en agosto: solo se oye uno mismo. De los 779 residentes, 285 tienen más de 65 años; 65, menos de 14. La misma proporción que almendros en flor por cada puerta cerrada: muchas flores, poca gente para verlas. Las tres casas rurales —Casa do Lagar, Monte da Oliveira y Quinta da Serrinha— están ahí como los tres bancos de la plaza: llenas de vez en cuando; el resto del tiempo, solo el perro de Alberto mordisquea un hueso a la sombra.
Carne y tierra
La Carnalentejana DOP pasta en las laderas por encima de la Rua da Igreja: vacas morenas que se mueven despacio, como los clientes del cajero la víspera de Navidad. La carne sabe a dehesa; se compra en la carnicería Domingos de Sardoal, se asa en las brasas de encina de la barbacoa de Manuel y se sirve con patata de regadío de la huerta de doña Albertina. Sin salsas que acaban como los discursos del ayuntamiento: prometen mucho, cumplen poco.
El terreno ondula como la tejera de la casa de mi abuela: nada de vértigos, solo un constante «hola, otra vez soy yo». El granito aflora cerca de la Fonte da Pipa, gris como el traje de mi tío los domingos, y contrasta con la tierra roja que mancha las zapatillas como el polvo de papas fritas.
El peso del vacío
En Alcaravela no hay multitudes. Su índice de aglomeración es de 15, como la cola del bar cuando solo está el camarero: se puede contar sin sacar los dedos del bolsillo. La nacional 3 pasa de largo, pero los coches son tantos como los socios de mi peña que pagan la cuota al día. A las tres de la tarde, la Praça da República retumba con conversaciones como los pasillos del hospital de Abrantes: cada palabra tiene sitio para doblar la esquina.
La luz cambia como el humor de mi suegra: al mediodía da de lleno y sin excusas; a las seis, rasga los olivares como el reflejo del ordenador de mi nieto. Es entonces cuando el silencio se espesa, roto solo por la campana de la iglesia de São Vicente o los ladridos de Bobi, el perro del señor Joaquim que vive en la casa de piedra antes del puente sobre el arroyo de Alcaravela. Las manos huelen a aceite y a tierra, y la boca guarda el regusto metálico del agua de la fuente donde bebíamos después de jugar a las canicas en el recreo.