Artículo completo sobre Asseiceira: el olivar que guarda la paz de 1834
Entre lagares y trigos, el pueblo donde se apagó la última guerra civil portuguesa
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El monolito está ahí mismo, tan blanco que duele contra el verde de los olivares. Caliza tallada en 1934, cien años después del último disparo de las Guerras Liberales. Alrededor, el silencio que sólo sabe hacer el campo —ese que deja oír al viento y al perro que ladra a lo lejos—. No hay cafetería, no hay tasca, no hay nada. Sólo la piedra quemándose al sol y un sendero que parece abierto por quien se perdió camino de la viña. En mayo de 1834 esto fue un campo de batalla. Hoy es un descampado donde los trigos tiemblan y los mayores aún señalan con el bastón: «Ahí, bajo aquella encina, se rindió el último miguelista». Nadie hace mucho caso, pero es verdad.
El territorio de los lagares
Asseiceira debe su nombre al «asseiceiro», el tipo que tenía lagar de aceite y hacía pagar a los demás por moler sus aceitunas. Aún quien usa los lagares de madera —un proceso tan lento que da tiempo a ir al bar y volver antes de que caiga la primera gota—. El aceite es amargo, como debe ser, y deja un regusto que sólo se quita con un vaso de blanco. La iglesia parroquial es de esas que no impresionan: portón bajo, campanilla averiada y un cura que sólo aparece los domingos. Pero es ahí donde se reúne la peña para enterarse de quién ha muerto, quién se ha casado y quién se ha ido a Francia. El censo dice 2 439 almas; en la práctica son menos, porque la mitad está en París.
Ondas hertzianas y memoria sonora
En Linhaceira hay un museo de la radio. Basta empujar la puerta de la antigua escuela y entrar. José, cartero durante cuarenta años, recibe a quien se acerca y presenta sus aparatos como si fueran nietos: «Este captó la voz de Salazar; con este se oía Radio Renascença en la clandestinidad». Más de trescientos receptores, algunos más grandes que la nevera de mi abuela. Abre los sábados o si llamas a su ventana. No cobra, pero acepta un café. Vale la pena solo para verle la cara cuando enciende una vieja Philips y una vals francesa inunda la sala.
Septiembre medieval
Desde 2015 la aldea se llena de tipos con cotas de malla y promete recrear el siglo XV. En realidad es la excusa perfecta para zampar estofado de cordero hasta reventar y beber vino del Tajo en jarro de barro. La Ceyceyra Medieval —sí, con ese nombre raro que nadie sabe pronunciar— se celebra el tercer fin de semana de septiembre. Hay tabernas de madera, chorizo que se escapa del plato y un tipo de Barcelos que vende espadas de cartón. Los críos corren con la espada en mano como cruzados, los padres cervecean, y todo el mundo finge estar en el siglo XV hasta altas horas. Es la única fiesta del país que celebra el final de las Guerras Liberales —que, visto así, es un poco como festejar el día en que el tío perdió la casa en el juicio—.
Caminos de fe y piedra templaria
Por aquí pasan tres rutas jacobeas. Los peregrinos llegan con las botas rotas y la cara de quien ya ha visto demasiado asfalto. Se detienen en el albergue, beben agua, piden un sello y preguntan dónde comer. Les mandamos al Café Central, donde María hace un bistec que hasta el Papa se zamparía. Luego siguen hasta Tomar, a diez minutos en coche, donde el Convento de Cristo los espera en lo alto del cerro. Nosotros nos quedamos, viendo cómo sus siluetas se pierden polvorientas por la carretera.
Hockey en el pabellón de Santa Cita
Santa Cita no llega a quinientos vecinos, pero tiene un pabellón de hockey sobre patines que ha visto jugar al Benfica. Es como tener un Ferrari en una aldea sin carreteras. El pabellón es un bloque de cemento con graderíos de madera, pero cuando se llena hasta el señor Agostinho, 87 años y dos prótesis, se acerca a ver. El equipo local no gana mucho, pero juega con esa garra de quien sabe que al final hay sardinas asadas y tinto para todos. Es raro, es extraño, es hermoso.
El Nabão pasa al lado, pero nadie va. En verano los críos se lanzan al embalse de Castelo do Bode, donde el agua está tan tibia que parece bañera. Pero al monolito de la batalla se vuelve. Piedra blanca, silencio y el viento que trae olor a tierra quemada. Nadie recuerda a los muertos, pero la encina sigue ahí —y eso, por estas tierras, ya es memoria.