Artículo completo sobre Junceira, el olor a aceituna que frena al peregrino
Sobre el Tajo, entre olivos y muretes, late este pueblo de aceite y apellidos
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El asfalto cede al terrón rojizo en la curva tras el cementerio. El olor cambia al instante: desaparece la gasolina y se impregna el aire de tierra tostada por el sol, mezclada con estiércol de corral que los tractores van soltando en los campos. Son las 7.30 de una mañana de agosto y el universo de Junceira se resume al zumbido de los aspersores y al primer café cortado en el Bar do Nelson —donde el pan aún viene envuelto en papel de estraza y la manteiga es de ese paquete azul que todo el mundo reconoce.
La piedra que no se ve
El Convento de Cristo queda allá atrás, en Tomar, pero aquí la herencia templaria no habita en monumentos. Habita en los muretes de piedra seca que dividen las huertas, en cómo la carretera comarcal dibuja una curva inexplicable —seguía el trazado medieval, cuentan los mayores— y en el apellido Carvalho que media parroquia lleva. La altura apenas se nota, pero cuando el Tajo hace niebla abajo, Junceira queda por encima de las nubes y eso basta.
Lo que vale oro
De noviembre a enero, el aroma a aceituna remojada lo impregna todo. En la Cooperativa, el Sr. Joaquim abre la puerta de la sala de máquinas y una nube de olor vegetal, dulce y amargo a la vez, se escapa a la calle. Son las cuatro de la madrugada y ya hay cola de tractores con remolque lleno de cajas azules. El aceite que sale de aquí no va a botella bonita —va a bidones de cinco litros que los extremeños compran antes de las fiestas, y media aldea cruza a Badajoz a gastar el dinero del remanente.
Los que pasan y los que se quedan
El Camino de Santiago pasa justo frente a mi casa, pero los peregrinos rara vez paran. Van sudados, con esa expresión de quien ya no sabe dónde está, y solo preguntan si queda mucho para Alvaiazere. Hay una flecha amarilla pintada en el muro del Armando que él repinta cada año, pero no por jacobea —es porque fue el único sitio donde la tiza agarró bien en la piedra.
La matemática que duele
Hay 985 almas, pero en la práctica son menos. El colegio cerró hace cinco años, la última criatura fue Matilde, que ahora vive en Prior Velho y solo vuelve en Navidad. Lo cierto es que a las 17.30 el bar se llena de sombreros de paja y botas de goma. El Antonio de pelo blanco aún pide un copa de bagaceira “con un trocito de café”, como siempre, y nadie habla de la muerte del José Carlos —fue hace dos meses, pero parecen dos siglos.
Cuando el sol se pone tras el olivar de la Encosta do Sol, la tierra parece incandescente. El polvo que se levanta de los campos empaña el aire y hace cosquillas en la garganta. Es entonces cuando se encienden las primeras luces en las cocinas y huele a sardina a la brasa, mezclada con el humo de los fogones de botella azul. Junceira no tiene prisa por ser nada —ya es todo lo que necesita ser.