Artículo completo sobre Chancelaria: oro, huellas y silencio entre olivos
Pueblo ribatejano donde el aceite huele a historia y el Camino se pierde en la sierra
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La tarde derrama su sol sobre el calizo de las paredes encaladas y, al fondo, el murmullo del agua serpentea por la vega. Chancelaria se dibuja en el paisaje del Ribatejo como lo que es: un punto que no acaba de decidirse entre la llanura y la sierra, a 74 metros de altitud, donde los campos se pierden en el horizonte y la luz cambia de color tres veces antes de la cena. Aquí el silencio no es ausencia: lo llenan los párrafos de los pájaros, el viento entre olivos y, los miércoles, la campana de la iglesia que señala el fin de las clases en la escuela unitaria.
Huellas que preceden nuestra pisada
El Monumento Natural de las Huellas de Dinosaurios de Ourém-Torres Novas se extiende hasta aquí, pero naden las ha visto. Lo que sí vimos fue a los canteros extraer bloques de caliza para levantar las casas, y alguno regresaba con historias de «marcas raras» en la piedra. Solo más tarde se supo lo que eran. Andar por estas tierras es pisar historia, sí, pero también pisar el mismo suelo donde Joaquim plantó sus almendros y donde Ilda perdió la zapatilla en el barro hace cincuenta años, cuando los campos aún eran arrozales.
El paso de los peregrinos
Chancelaria forma parte del Camino Interior de la Vía Lusitana, aunque aquí nadie lo llama así. Es «el camino de Santiago» y punto. Los peregrinos aparecen sobre todo en mayo y septiembre, con esa cara de quien ya ha caminado de más. Llenan sus botellas en la fuente, preguntan si hay café —y lo hay, pero solo si doña Amélia está levantada—. El trazado pasa justo junto a la casa de Manel, que ya se ha acostumbrado a ver extraños con báculos mirar el móvil confundidos: el GPS les dice que sigan hacia el norte, cuando el camino parece querer torcer al sur.
Aceite, pera y vino
El aceite es de aquí, de las olivas que mi abuelo plantó antes de que naciera. Árboles retorcidos, sí, pero no por el tiempo: por la poda mal hecha y por las máquinas que hoy no saben esquivar. El aceite tiene color oro y deja un picor en garganta que los forasteros califican de «intenso». La pera Rocha llegó hace unos años, cuando mi primo probó a plantar unos pies en el terreno de la abuela. Funcionó. No es como la del Oeste, pero se vende bien en la feria de Torres, sobre todo si va en cajas de madera. El vino es del Tajo; la cooperativa Cartaxo queda a veinte minutos y quien quiera llevarse botellas solo tiene que dejar el dinero en la bolsa de plástico que la vecina cuelga en la puerta.
El día sin prisas
Dicen que hay 1.428 habitantes, pero eso debe contar a los que se marcharon y aún no se han dado de baja. A eso de la tarde, la calle es solo perros y sombras. La gente sale después de las cinco, cuando el calor afloja y la tele ya ha dado la séptima repetición. Hay tres casas que alquilan habitaciones: una es de doña Lurdes, que hornea bizcochos de naranja para los huéspedes; otra es de José, que compró la casa de su padre y la pintó de azul; la tercera es una villa nueva, pero siempre está vacía porque el dueño vive en Oporto y se olvida de contestar los correos. No hay prisa. El destino es este: la charla en la puerta de la tienda, el olor a leña que sale de la chimenea de Sequeira, el pan que aún trae el triciclo desde la panadería de Lapas todos los días, menos los domingos.
Caída la noche, las luces se encienden una a una —no muchas, porque la nómina no da para más—. El cielo despejado enseña estrellas que en Lisboa solo se ven en el planetario. Y en medio del silencio se oye el arroyo que nunca se seca, ni en agosto. Corre bajito, detrás de las casas, como un animal que se sabe el camino de memoria.