Artículo completo sobre Riachos, el Ribatejo que huele a pan y a pera Rocha
Entre huellas de dinosaurio, aceite nuevo y peregrinos, el pueblo respira luz
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El olor al pan recién hecho se mezcla con el aroma del eucalipto que arde en las cocinas de leña. Riachos se extiende por una llanura que parece infinita, donde la luz del Ribatejo se derrama sin piedad sobre los tejados de canal y los patios llenos de adelfas. Aquí, a pesar de sus casi cinco mil habitantes, el tiempo se mide por el ritmo del riego: cuando se ven los aspersores girando al atardecer, se sabe que es verano.
Huellas que atraviesan millones de años
A tres kilómetros, en la Serra de Aire, las huellas de dinosaurio siguen ahí desde que tengo uso de razón. La piedra caliza guarda marcas que parecen de ayer, pero tienen millones de años. Mi abuelo decía que era el diablo que pasó por ahí cuando huyó del cielo. Hoy cobran cinco euros por ver lo que él enseñaba gratis a los nietos el domingo por la tarde. El viento que sopla entre los losas todavía huele a ortiga y a tierra apisonada del sendero.
El camino que lleva a Santiago
El Camino de Santiago pasa por aquí desde hace siglos, pero solo hace diez años pintaron las flechas amarillas. Los peregrinos paran en el bar de Zé Pedro a pedir agua y preguntan si hay donde dormir. Hay tres casas que alquilan habitaciones: doña Idalina servía sopa gratis, pero ahora cobra quince euros porque «también hay que vivir». El trazado cruza el camino de tierra donde mi padre planta maíz. Cuando hay peregrinos, el perro de Manel ladra toda la noche.
Aceite, pera y la tierra que los sostiene
La pera Rocha es del otoño: cuando empiezan a aparecer en los escaparates de los bares, se sabe que San Martín está cerca. El aceite nuevo se anuncia con un papel A4 pegado en la puerta de la almazara: «Ya hay aceite». Tiene ese amargor que arruga los labios y deja la garganta caliente. En los patios, las mujeres todavía hacen confitura de higo con canela, pero ahora usan azúcar light porque «el azúcar normal hace daño». Los pomares están llenos de redes contra los pájaros, esas mismas que mi primo vende a cinco euros el metro.
Entre generaciones
La escuela tiene dos clases por curso, pero en mi época había cuatro. Los viejos siguen en los bancos de cemento frente al minimercado, comentando quien pasa. Los niños se van a Torres Novas cuando acaban 3.º de ESO «para tener futuro», dicen las madres. A las cuatro de la tarde, cuando sale la escuela, el bar se llena de mochilas y huele a refresco barato. Los jóvenes que se quedan trabajan en la fábrica de Autoeuropa en Palmela o en el Intermarché: «es lo que hay», dicen encogiéndose de hombros.
Lo que queda
Al final de la tarde, cuando el sol da en la torre de la iglesia y las palomas vuelan en círculo, Riachos huele a tierra regada y a ropa tendida. La campana toca siete veces por los muertos: la semana pasada sonó tres. Zé Manel todavía va al campo con su motocultor que parece tener cien años, y doña Amélia recoge hierba para el conejo al borde de la carretera. Cuando os vayáis, acordaos del olor a eucalipto quemado mezclado con el pan del horno de Zé Carlos. Eso es lo que queda: no en las postales, sino en la garganta cuando se respira hondo.