Artículo completo sobre Tancos: la cuna del Tajo donde cruje la memoria
El molino de 1850, la iglesia barroca y el puente de madera cuentan Tancos
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La rueda del molino de agua cruje despacio, madera contra piedra, un sonido áspero que se mezcla con el murmullo de la Ribeira de Barquinha. El agua resbala entre los lajares de pizarra, fría incluso en pleno julio, y el olor a musgo sube de los muros de mampostería donde aún se lee la inscripción de 1850, grabada a cincel. Tancos despierta tarde, sin prisa, y el silencio solo se rompe cuando la campana de la iglesia parroquial toca las nueve: tres badaladas secas que resuenan sobre los campos de secano y se pierden en la vastedad del Tajo.
Memoria tallada en madera y pizarra
La iglesia parroquial se alza en el centro de la aldea, nave única de cal blanca y portal setecentista. Dentro, el retablo barroco dedicado a San Juan Bautista brilla bajo la luz filtrada por los altos ventanales: talla dorada que contrasta con la sobriedad de los muros. En el atrio, el crucero de piedra fechado en 1743 marca el lugar donde, en tiempos de sequía, se rezaban las letanías por los campos. A pocos pasos, la ermita de Nuestra Señora de la Concepción, reconstruida tras las crecidas que alguna vez llegaron desde el río, guarda en la sacristía exvotos de marineros y labradores, pequeñas tablas pintadas que agradecen salvaciones y cosechas.
El río que lo atraviesa todo
El Tajo discurre ancho al sur, espejo de plata bajo el sol rasante de la tarde. Tancos se asienta en un terrazo aluvial a 69 metros de altitud, entre marjales y olivares dispersos, y la Ribeira de Barquinha cruza la parroquia de oriente a occidente, creando galerías de alisos y fresnos donde las garzas reales pescan en silencio. El puente de madera de 1892, que une la zona ribereña con las eras, cruje bajo los pasos: tablas gastadas por el uso, clavos oxidados, estructura que resiste porque don Joaquín aún la va reparando cada año antes de las crecidas. El sendero peatonal «Caminho do Tejo» sigue el río durante cinco kilómetros, pasando por aceñas abandonadas y muros de pizarra donde las lagartijas toman el sol.
Cordero, anguila y aceite del Ribatejo
En la mesa de Tancos, el estofado de cordero cuece lento, pan alentejano empapado en caldo con menta fresca del huerto de doña Alicia. La caldeirada de anguilas, capturadas en el Tajo cuando el agua enfría, viene aderezada con aceite de la Cooperativa de Atalaia, el que José Manuel transporta en garrafas de cinco litros en la furgoneta. Las migas de espárragos, recolectados en primavera junto a la ribeira, llevan panceta cortada gruesa y ajo frito hasta dorar. En San Juan, los bolinhos de habas y miel aparecen en todas las casas, masa dulce que se come aún caliente, y las tortas de cidra de doña Lurdes acompañan el café de la tarde en la terraza que montan a la sombra del crucero.
Fiesta y teatro popular
La Fiesta de San Juan Bautista, el domingo más próximo al 24 de junio, transforma la aldea. La procesión sale de la iglesia al caer la tarde, estandartes al viento, y el verbén se monta en la plaza: casetas, música tradicional, fuegos artificiales sobre el río cuando la noche cierra. En Carnaval, el «entierro del bacalao» reúne a toda la aldea en una farsa ruidosa, teatro popular que se repite desde hace generaciones. En la noche de Navidad, la costumbre de «serrar el bilro» aún se mantiene: coplas improvisadas que se burlan de los vecinos y arrancan carcajadas.
Al crepúsculo, cuando el sol baja tras la línea del Tajo y la luz roza la superficie del agua, el molino vuelve a crujir. El sonido atraviesa los campos, sube por la ladera de pizarra, y quien pasa por el puente de madera oye el eco mezclado con el canto de los grillos: una pulsación antigua que no necesita explicación.