Artículo completo sobre São Martinho: silencio y marisma de Alcácer
Parroquia alentejana donde la dehesa se rinde al estuario del Sado y el vino nuevo brinda la autonom
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La llanura se extiende quieta bajo la luz de noviembre y el silencio solo lo rompe el grito lejano de una garza que cruza los campos en dirección al estuario. São Martinho se alza discreta en el territorio de Alcácer do Sal, donde la tierra alentejana empieza a notar la humedad atlántica que sube por el Sado. Aquí, a 83 metros de altitud, sus 349 habitantes se reparten entre casi nueve mil hectáreas de dehesa, campos labrados y zonas húmedas que respiran al compás de las mareas.
Memoria de una autonomía recuperada
El nombre de la parroquia remonta al culto medieval de San Martín de Tours, santo celebrado el 11 de noviembre, cuando tradicionalmente se prueba el vino nuevo y se tuestan castañas. Pero la historia administrativa de São Martinho tuvo sobresaltos: en 1936, durante la dictadura de Salazar, perdió la autonomía y fue absorbida por la parroquia de Santa Maria do Castelo. Tardó 48 años en recuperar su propia identidad; en 1984 volvió a ser independiente, un renacimiento que se celebra en la plaza de la iglesia con misa campestre y reparto de jeropiga (vino dulce mezclado con aguardiente). Esta alternancia entre extinción y resurrección se refleja también en su sucesiva pertenencia a los distritos de Lisboa y Setúbal, un reflejo de las reformas territoriales que fueron redibujando el país a lo largo de los siglos.
Entre la dehesa y el estuario
El paisaje de São Martinho vive en una dualidad: por un lado, la dehesa de alcornoque extiende sus ramas retorcidas sobre suelos de pizarras y areniscas de la Formación de Alcácer; por otro, los humedales de la Reserva Natural del Estuario del Sado traen el olor a fango y sal. Es territorio de avocetas y cigüeñas blancas que anidan en los pajonales de arroz bravo, de lubinas que desovan en las marismas de la Companhia das Lezírias, y de delfines mulares que, desde que la flota de Carrasqueira se redujo a diez barcos, han vuelto a remontar el río hasta Guizo. La reserva protege este mosaico ecológico donde la tierra y el agua negocian fronteras a cada marea —y donde las antiguas salinas de Tróia, cerradas en 1976, se convirtieron en refugio para más de 200 especies de aves.
Sabores con denominación de origen
En la mesa, São Martinho comparte la herencia gastronómica de la región vinícola de la Península de Setúbal. El Aceite de Moura DOP —que aún se produce en el lagar de piedra de la Herdade do Montalvo— sa guisos de cordero con hinojo del huerto, el Cabrito del Alentejo IGP se asa lentamente en hornos de barro que doña Lurdes menea desde 1962, y el Queso Serpa DOP llega cada viernes a la ultramarinos de Zé Manel, traído en moto por el casero de Pias. En los días de fiesta, la Carne de Bravo do Ribatejo DOP se cocina en las cazuelas de la Sociedad Filarmónica, con pimentón de la Charneca y vino blanco de Pinheiro da Cruz. Son productos que cargan siglos de saber hacer —y que el día de San Martín convierten la taberna de Toninho en una asamblea de vecinos que discuten el precio de la dehesa.
El peso del silencio
Con 174 habitantes mayores de 65 años y solo 25 menores de 14, São Martinho conoce el peso del envejecimiento rural. La densidad de menos de cuatro personas por kilómetro cuadrado se traduce en casas donde aún cuelga el tendedero de doña Alice —abandonado desde 2019—, campos donde el trabajo humano es esporádico porque la Companhia das Lezírias mecanizó la siembra, y un silencio que se espesa al caer la tarde cuando el autocar de las 18:30 de la Rodoviária do Alentejo pasa sin parar. Pero es precisamente ese vacío lo que confiere a la parroquia una cualidad rara: la posibilidad de oír el propio pensamiento mientras se camina entre alcornoques que el abuelo asegura tener más de 300 años, o de observar el vuelo de un ratonero común sin otra distracción que el crujido de la bomba de gasóleo que aún riega el huerto del señor Domingos.
El sol poniente incendia el horizonte sobre el estuario y las sombras se alargan por los campos ya labrados. Queda el olor a tierra removida, el eco del perro del señor Jaime que ladra a las 19:00 en punto, y la certeza de que este es un lugar donde lo esencial aún resiste —aunque el café de la plaza solo abra a las 7:00 y ya no haga pasteles de nata desde que la dueña se jubiló.