Artículo completo sobre Costa da Caparica: arena que huele a sardina y ballena
Trece km de playa entre arribas fósiles, olas perfectas y chiringuitos de lisboetas
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La primera señal no es visual: es sonora. Antes de divisar el mar, se le oye. Un murmullo grave y continuo que sube por las calles estrechas, se mezcla con el tintineo de las cucharillas en las terrazas y el arrastrar de las chanclas sobre la acera salada. Después llega el olor, esa mezcla inconfundible de yodo, protector solar y sardina a la brasa que se adhiere a la piel y a la ropa. Solo entonces irrumpe la luz —blanca, casi excesiva— reflejada en la arena clara y en el hormigón de las fachadas volcadas al Atlántico. Al otro lado del estuario, el puente 25 de Abril se recorta como una línea de tinta roja contra el azul del cielo, tan cercano que parece alcanzable a nado. Estamos a menos de seis metros sobre el nivel del mar, en una franja de casi mil hectáreas donde viven 13.968 personas (Censo 2021), muchas de ellas con sal en el pelo y arena permanente en las alfombrillas de la entrada.
La colina que bajó al mar
El nombre lleva un fósil lingüístico: “Caparica” desciende del árabe Al-Qapara, “la colina” o “el cerro”, referencia directa a la arriba que se alza tras las playas como una muralla de sedimentos compactados. Creada como parroquia autónoma en 1923, al separarse de Trafaria, la Costa da Caparica no adoptó la fisonomía balnearia que hoy conocemos hasta bien entrado el siglo XX, cuando fue promocionada como la “Riviera portuguesa” durante la Primera República: veraneo de la alta sociedad lisboeta, con sombreros de paja ancha y bañadores pudorosos. La construcción del puente sobre el Tajo, inaugurado el 6 de agosto de 1966, abrió las compuertas: la urbanización se aceleró, los apartamentos se multiplicaron y la Costa dejó de ser refugio de élite para convertirse en playa democrática, accesible en autobús en menos de una hora desde la Praça do Comércio.
Trece kilómetros escritos en conchas
El Paisaje Protegido de la Arriba Fósil se extiende trece kilómetros de acantilados donde el Mioceno —cinco a diez millones de años— se expone a quien sepa leer. Hay fósiles de ballenas y tiburones incrustados en la roca, y a quince metros de profundidad, bajo la arena de la playa, se hallaron troncos de un bosque sumergido de hace cinco mil años. Caminas por la senda interpretativa entre Fonte da Telha y São João da Caparica y cada capa de sedimento cuenta un capítulo distinto: caliza blanquecina, arenisco ocre, arcilla gris, todo cortado a pique sobre el mar. Al pie de la arriba persiste un núcleo de arte rupestre, grabado en una piedra que ya era vieja cuando Roma era joven. En la cima, la Capela de Nossa Senhora da Guia —ermita del siglo XVI— domina la línea de costa como una centinela de cal. El primer domingo de mayo, la romería sube hasta allí desde la iglesia matriz por las escaleras de madera que crujen bajo el peso de los devotos, y termina en picnics campestres con vista al infinito azul.
Choco, anguilas y arenas de almendra
La mesa de la Costa da Caparica huele a frito limpio y a cilantro fresco. El choco frito, servido con arroz de tomate espeso y rojizo, es el plato bandera: textura crujiente por fuera, tierna por dentro, sabor yodado que estalla con el primer tenedor. Pero hay quien prefiere la caldeirada de anguilas de la Laguna de Albufeira, donde la anguila gorda se deshace en un caldo de tomate, cebolla y pimiento que pide pan alentejano para limpiar el plato. De marzo a mayo, el coquina a la plancha en su propia concha es una experiencia táctil: dedos quemados, jugo escaldante, carne dulce y salada resbalando a la lengua. Para cerrar, los “Areias da Caparica” —galletas de almendra que se desmigajan como la propia arena de la playa— acompañadas de una copa de Moscatel de Palmela, ámbar y viscoso, servido fresco en las terrazas del paseo mientras el sol se hunde en el Atlántico.
El tranvía de las diecinueve paradas
Entre julio y septiembre, el Transpraia —un tranvía turístico de vagones abiertos— recorre ocho kilómetros pegado a la costa, deteniéndose en diecinueve playas cuyos nombres son cápsulas de historia: la praia do CDS, bautizada por el Club Deportivo de Setúbal que instaló allí campos de fútbol en los años treinta; la Nova, donde Mário Viegas pasaba temporadas leyendo a la sombra; la Fonte da Telha, puerta de entrada a la Laguna de Albufeira, donde cigüeñas, correlimos y flamencos migratorios se dan cita en una reserva botánica separada del mar por una barra de arena móvil. El carril bici que acompaña el recorrido del tranvía se prolonga hasta el Fuerte de São João —fortaleza seiscentista de la línea defensiva del Tajo— cuyos muros de piedra aún guardan el frío húmedo de las madrugadas atlánticas. Para quien lo hace a pie, este tramo forma parte del Camino Central Portugués hacia Santiago de Compostela: peregrinos de mochila cruzan con surfistas en neopreno y nadie se extraña.
Sal, tinta y revolución
José Afonso vivió aquí en los años setenta, en la Rua dos Pescadores, donde compuso “Venham mais cinco” y otras canciones que encenderían abril. Sophia de Mello Breyner Andresen y Natália Correia frecuentaron círculos intelectuales en las décadas de 1960, y Manuel da Fonseca inmortalizó el paisaje de la arriba en la novela Cerromaior. La Costa da Caparica fue, durante décadas, ese lugar ambiguo: lo bastante cerca de Lisboa para atraer a disidentes, lo bastante al margen para darles espacio. Hoy la disidencia es otra: surfistas que desafían la célebre “resaca de Caparica”, kitesurfistas que vuelan sobre la Laguna de Albufeira con viento noroeste, observadores de delfines mulares que aparecen a doscientos metros de la costa, visibles desde los barcos de pesca que aún salen al amanecer desde la Praia da Saúde.
En la praia da Saúde, entre rocas mesozoicas, un pozo artesiano brota agua dulce en mitad de la arena mojada. Es un detalle absurdo —agua potable naciendo del suelo a pocos metros del océano salado— y quizá sea la mejor metáfora de esta costa: un lugar que insiste en sorprender exactamente donde uno esperaría tan solo un grano más de arena.