Artículo completo sobre Palhais y Coina: el Tajo en estado puro
Entre Setúbal y Barreiro, dos pueblos que comparten parroquia y silencio de estuario
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La luz entra por el estuario. Da un golpe seco al Tajo, que aún duda entre río y mar, y salpica las tierras bajas donde Palhais y Coina se unieron por decreto pero siguen comportándose como vecinos que solo cruzan palabra en la cafetería. Son 1.378 hectáreas que la mayoría atraviesa sin saber que ha entrado —y salido— de una parroquia. A 35 metros sobre el nivel del mar, el horizonte es tan llano que hasta un madrileño capta que está en provincia.
Donde la ciudad se queda atrás
Dicen que es parroquia de transición; quien la mira sabe que es, sobre todo, el lugar donde el Barreiro aún no ha llegado. La densidad es de 264 habitantes por km²: basta estirar el brazo sin tocar al vecino —salvo el viernes en la colchería, que entonces sí se forma una pequeña romería—. Los 3.642 residentes se reparten entre casas con huerto donde todavía se plantan coles y se cría un pollo para Navidad. Las cifras avisan de que hay más mayores que jóvenes (742 frente a 610), pero pasa una tarde de domingo en el campo de fútbol de la Catrapona y verás que los niños aparecen todos de golpe, como fresones en temporada.
Dos monumentos y una excusa para parar
El patrimonio catalogado cabe en una frase: la iglesia de Palhais y el palacio da Coina. Solo dos. Basta. Dan trabajo a las máquinas del centro de interpretación que nadie visita. La arquitectura es la habitual de la margen sur: suelo de terracota, paredes encaladas, ventanas que parecen ojos cansados. Nada grita “mírame”. Hay, eso sí, casas que resisten con la terquedad de quien no tiene prisa por ir a ninguna parte.
Vino que no embriaga pero explica
La región de la Península de Setúbal se deja ver por aquí, aunque no son viñedos como en Azeitão. Más bien unos parrales dispersos entre huertos y naranjales, como guantes olvidados por la casa. El moscatel sale en las botellas de quien tiene parientes en la zona —nunca se compra, se recibe—. Acompaña a un queso de oveja o a un bollo de aceite hecho por la vecina. Hay cuatro sitios donde dormir, todas casas rehabilitadas por forasteros que creyeron haber dado con un filón. Y lo han dado. Pero no se lo cuentes a nadie.
La hora en que todo se entiende
Merece la pena quedarse hasta el final. Cuando el sol se pone sobre el Tajo, las fachadas se tiñen de miel tostada y hasta el perro del bar parece contemplativo. Es entonces cuando comprendes por qué hace tres años que nadie arregla la ventana rota: porque no hay prisa, porque aquí el tiempo no es dinero, sino algo que se gasta con tiento, como la orujo tras la cena.