Artículo completo sobre Canha: alcornoques, riberas y bruma del Tajo
Pasea entre corcho milenario, fuentes de piedra y viñedos que se pierden en la dehesa.
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El olor a tierra mojada sube de la Ribera de Canha antes incluso de divisar el agua. A ambos lados, altos carrizos —cannae en latín, de ahí el nombre que los romanos dejaron escrito— se mecen con la brisa que entra del estuario del Tajo, quince kilómetros al norte. Es un aroma verde y mineral a la vez, mezclado con el humo tenue que se escapa de las chimeneas cuando el sol cae y las casas encienden sus hogares. Canha respira despacio, entre la dehesa de alcornoque y los viñedos que se extienden hasta el horizonte llano de la península.
El peso de la corcho y la sombra del alcornoque
En la plaza central, un alcornoque centenario despliega sus ramas sobre el atrio de la iglesia parroquial. La corteza es gruesa, surcada, gris como piedra antigua. Catalogado como árbol de interés público, sigue dando sombra a los hombres que ocupan los bancos de piedra junto a la Fuente Vieja, donde brota agua fría de un pozo artesano. La fuente es el punto de encuentro del pueblo desde siempre: allí se habla del tiempo, de la sequía, de las anguilas que remontaron la ribera, del precio del aceite. La iglesia del siglo XVIII se alza al lado, con su retablo barroco dorado que brilla en la penumbra cuando se empuja la pesada puerta de madera.
En las calles estrechas del casco resisten algunas casas de tierra y tapial: paredes encaladas de blanco, aleros oscuros. Son viviendas bajas, de una planta, con contraventanas verdes o azules que chirrian en las bisagras. Detrás, pequeños patios donde crecen limoneros e higueras. Más lejos, ya fuera del núcleo, las ruinas de los lagares y molinos junto a la ribera marcan la época en que el agua movía las muelas y prensaba la aceituna. Hoy solo queda el esqueleto de piedra cubierto de hiedra y silencio.
Dehesa, caballo y carne de bravo
El paisaje es de latifundio. Heredades como Montinho o Escatelar se dibujan en manchas verdes y ocres: alcornoques espaciados, encinas retorcidas, olivos setecientos de seto vivo. En el Monte das Mós, caballos lusitanos pastan en amplios cercados, cuellos arqueados, crines al viento. Es cría oficial, con arquitectura rural preservada: cuadra de piedra y cal, patios de suelo batido, arreos colgados en ganchos de hierro forjado. Quien transita a caballo por los senderos de la dehesa siente el ritmo lento de la tierra: el trote sobre tierra seca, el crujido de las hojas de roble, el grito agudo de un aguililla que planea en amplios círculos sobre el valle.
La Heredad do Moinho Novo ofrece otro ritmo, más lúdico: espacios multiusos, talleres didácticos, contacto con los animales de la quinta. Pero es en la villa, en la tasca de paredes embaldosadas, donde se prueba lo que da la tierra: migas con estofado de cordero, carne de Bravo do Ribatejo DOP a la brasa sobre ascuas de encina, estofado de anguilas capturadas en la ribera. El pan es denso, de trigo y centeno. El vino, tinto de la Península de Setúbal, carnoso, con gusto a sol y a pizarra. Al lado, en una platina pequeña, bolinhos de aceite aún templados, espolvoreados de azúcar.
Llanura que respira con la marea
Canha se asienta en el borde oriental de la Reserva Natural del Estuario del Tajo. La influencia del estuario se nota en la humedad del aire, en los canales de marea que cruzan la planicie, en los charcos temporales donde cigüeñas blancas hunden el pico en busca de ranas. Aguilillas ratoneras se ciernen sobre los campos abiertos. El sendero de la Ribera de Canha serpentea entre carrizales y sauces: el suelo es de barro rojizo que se pega a las botas cuando llueve. En las mañanas de niebla el agua discurre invisible, pero se oye su murmullo constante, un susurro bajo que acompaña cada paso.
A pesar de la proximidad de Lisboa —veinte minutos por el Puente Vasco da Gama—, Canha conserva su cadencia rural intacta. En el mercado mensual, junto a la junta parroquial, se venden manzanas Riscadinha de Palmela DOP, aceite virgen extra de producción local, queso fresco de oveja. Las conversaciones son pausadas, salpicadas de largos silencios. El futuro Aeropuerto Complementario de Lisboa planea como promesa o amenaza, según quien hable, pero de momento el sonido que domina es otro: el viento entre las ramas del alcornoque, el doble de la campana al mediodía, el canto ronco de un gallo en los patios del fondo.
Al caer la tarde la luz dorada se extiende horizontal sobre la dehesa. Las sombras de los árboles se alargan sobre el suelo de hierba seca. En la Fuente Vieja el agua sigue corriendo fría y clara, como cuando los romanos plantaron aquí los primeros carrizos.