Vista aerea de Abela
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Setúbal · CULTURA

Abela: donde los alcornoques guardan el tiempo

Pasea entre dólmenes, castillos y cerdos ibéricos en esta aldea de la sierra alentejana

836 hab.
148 m alt.

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Pasea entre dólmenes, castillos y cerdos ibéricos en esta aldea de la sierra alentejana

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El viento atraviesa la dehesa y trae el olor a tierra chamuscada de agosto. Bajo los alcornoques aún se siente el calor que la piedra ha guardado del día: un calor que hace crujir las bellotas caídas y que el cerdo ibérico, listo, va olfateando entre los troncos. Aquí, en la sierra de Abela, donde el mar se alejó hace milenios dejando solo conchas fosilizadas en el túmulo de Pedra Branca, el silencio es tan denso que se oye la propia sangre latir en las sienes cuando se deja de caminar.

La piedra que vio nacer la aldea

El dólmen se alza entre alcornoques como quien aún recuerda cuando aquí no había nombres. Los ortostatos de granito, oscuros de lluvia y musgo, forman una cámara que huele a tierra virgen cuando te inclinas hacia dentro. Los chicos del pueblo vienen los fines de semana a beberse unas cañas sentados encima de las piedras: dicen que da suerte con las chicas de Santiago. Tras cruzar el arroyo de Tanganheira, el puente romano muestra la huella de las ruedas que llevaban el cereal al puerto: surcos hondos en la piedra blanda, como arrugas en un rostro muy viejo.

En el Castelo Velho, donde los muros se confunden con la sierra, crecen fresas silvestres entre las piedras. Allí vienen los críos a jugar al escondite, y vuelven a casa con los calcetines hechos jirones y los bolsillos llenos de cerámica islámica: fragmentos azules que la tierra escupe después de la lluvia.

El olor de los domingos

En la iglesia parroquial, la talla dorada tiene un olor específico —incienso antiguo mezclado con cera de vela y el aliento de siglos de misas—. El sacristán, don Antonio, aún sube las escaleras chirriantes cada mañana para dar cuerda al reloj, como hizo su padre y su abuelo. En el relicario, el hueso de Santiago Apóstol parece más pequeño de lo que debería ser un hueso, pero nadie duda: al fin y al cabo, fue la reina Doña María II quien lo mandó traer.

En la capilla de la Concepción, las paredes sudan en verano y se hielan en invierno. Pero el primer domingo de mayo, cuando se abren las puertas para la romería, el atrio se llena de un tán tan grande que se hace bola en la garganta. Las viejas vienen de luto, con las zapatillas de esparto en la mano, y los hombres arrastran los puestos de piñones tostados y calientes que queman los dedos.

Lo que guarda la cazuela

El estofado de José Manel lleva todo el día cocinándose en el horno de la panadería, después de que el pan ya haya salido. La vecina avisa: «Hoy le ha echado más pimentón de lo normal» —y todo el mundo sabe que es porque la hija viene de Lisboa—. La menta es del huerto, el vino del año pasado aún con heces en el fondo de la botella, y las patatas son las primeras que ha dado la tierra: tan nuevas que la piel se va entera con las uñas.

En la tasca de la plaza, donde se entra por la puerta lateral porque la frontal está tapiada hace años, doña Rosa hace la açorda como su madre le enseñó: pan de ayer, cilantro del pie que crece al lado de la ducha de fuera, y un hilo de aceite tan verde que pica en la garganta. El huevo es de sus gallinas —«son felices, chico, comen hasta maíz molido»—.

Donde la tierra acaba y empieza el mar

La senda de los Molinos empieza justo detrás de la casa del señor Brito, donde el perro guardián ya no ve pero aún ladra por costumbre. El molino, con las velas rotas y la puerta cerrada con alambre, aún huele a harina que el abuelo de Brito molía: un olor que se engancha a la ropa y que hace estornudar. Por el camino, los jarales siempre pinchan en los tobillos, pero es en medio de ellos donde se encuentran las mejores setas tras la primera lluvia de otoño.

Las Lagunas son un mundo aparte: allí el viento cambia de dirección y trae el olor salado que la tierra esconde. En octubre, cuando llegan los flamencos, es como si la aldea respirara distinto. Los niños dejan de ir al colegio a escondidas para venir a ver «los pájaros rosa» y los padres lo permiten, porque también quieren verlos.

Cuando la noche se hace versos

En el centro cultural, donde el suelo de madera cruje siempre en el mismo sitio, el cante alentejano aún se hace como cuando el padre Caeiro venía en bicicleta a anotar las cantigas. Los versos son los de siempre —sobre la tierra, sobre el trabajo, sobre las mujeres—, pero cada uno los dice a su manera, con la garganta cansada de humo y de vino. Silvestre, con la viola hecha por su suegro, aún consigue hacer llorar a la viuda de José Grande cuando le canta «Adiós, oh que te marchas».

Cuando llegan los reyes, es enero y el frío corta los huesos. Pero cantan igual, de puerta en puerta, con las voces rotas y los pies helados. Al final, se llevan un trozo de roscón y un copa de aguardiente —«pa entrar en calor», dicen, aunque ya estén temblando de tanto beber.

Cae la tarde y la campana de la iglesia da tres veces, como todas las tardes desde que se fue don Antonio de la sacristía. En las cocinas empiezan a encenderse los fogones y el olor a leña húmeda se mezcla con el de las cebollas pochando. Es ese el momento en que Abela deja de ser un nombre en el mapa y se convierte en un sabor en la boca, un dolor en los riñones de quien la trabajó, una saudade que no se explica: solo se siente cuando uno se va y se lleva la tierra en los zapatos.

Datos de interés

Distrito
Setúbal
Municipio
Santiago do Cacém
DICOFRE
150901
Arquetipo
CULTURA
Tier
standard

Habitabilidad y Servicios

Datos clave para vivir o teletrabajar

2023
ConectividadFibra + 5G
TransporteTren a 10 km
SaludHospital en el municipio
EducaciónEscuela primaria
Vivienda~1549 €/m² compra · 6.84 €/m² alquiler
Clima17.3°C media anual · 559 mm/año

Fuentes: INE, ANACOM, SNS, DGEEC, IPMA

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45
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Preguntas frecuentes sobre Abela

¿Dónde está Abela?

Abela es una feligresía del municipio de Santiago do Cacém, distrito de Setúbal, Portugal. Coordenadas: 38.0254°N, -8.5246°W.

¿Cuántos habitantes tiene Abela?

Abela tiene 836 habitantes, según los datos del Censo.

¿Cuál es la altitud de Abela?

Abela se sitúa a una altitud media de 148 metros sobre el nivel del mar, en el distrito de Setúbal.

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