Artículo completo sobre Alvalade: silencio denso entre pinares y dehesas
Once almas por km², cordero de pasto y lagunas de flamencos en Alvalade
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El sol calienta la pizarra de los muros bajos y el aroma a jara se mezcla con el olor terroso de las dehesas de alcornoque. Alvalade se extiende por la llanura alentejana como quien se despereza tras la comida: once personas por kilómetro cuadrado, lo que significa que puedes tardar media hora en encontrar al vecino si está en la huerta. Dieciséis mil hectáreas donde el verde de los pinos silvestres se funde con el marrón de los campos labrados, y el silencio tiene la consistencia del aceite: denso, deja huella.
Tierra de agua y sal
Al oeste, las lagunas de Santo André y Sancha son el lugar donde la tierra fue a beber un trago al océano. Niebla por la mañana, flamencos por la tarde, y un olor a sal que se huele antes de ver el agua. Lleva prismáticos — no para impresionar a nadie, sino porque el flamenco común es jodido de distinguir cuando está comiendo, parece un rollo de cuerdas rosa. Las garzas son más fáciles: vuelan bajito, como quien va al bar a pedir un café prestado.
La parroquia tiene dos monumentos catalogados. Uno es Bien de Interés Público, lo que significa que es importante pero nadie sabe muy bien por qué. Llevan ahí siglos, piedras que han visto pasar generaciones de gente que nunca tuvo tiempo de mirarlas — tenían trigo que segar, cerdos que sacrificar, hijos que criar.
Sabores con denominación
Aquí no se come "gastronomía alentejana". Se come cordero que pastó donde ahora está el plato, carne de cerdo que corrió tras las bellotas hasta el día anterior, queso Serpa que sabe a la distancia entre el rebaño y su sombra. El vino es tinto, espeso, y se bebe en vasos que parecen pequeñas cazuelas — porque lo son. No hay maridajes, hay hambre y hay comida. Lo demás es charla de quien tiene tiempo que perder.
Ritmo de poblamiento antiguo
De los 1803 habitantes, 614 tienen más de 65 años. Son ellos los que todavía saben decir "va a llover" mirando a las golondrinas, que guardan semillas de tomate en el papel de aluminio del paquete de tabaco, que recuerdan cuando la escuela tenía veinte alumnos y no dos. Los niños son 197 — dan para un equipo de fútbol y media docena de suplentes. Pero se suben a los almendros como si fueran diez mil, y ponen el grito en el cielo para quedarse hasta tarde porque "el abuelo también se queda".
Hay seis sitios donde dormir. Ninguno tiene televisión por cable, todos tienen ventanas que dan a lo que los urbanos pagan por ver: nada. Silencio. Un perro ladrando a dos kilómetros. A veces un tractor. Lleva la chaqueta del abuelo — las noches son frías y los calefactores son de esos que hacen un ruido que parece que van a estallar.
Al final de la tarde, cuando la luz se posa en los alcornoques como quien se sienta en el muro de la plaza, Alvalade no pide perdón por ser pequeña. Solo dice: "Si tienes prisa, vuelve a la autovía. Si tienes tiempo, quédate por un café. La cafetera está en el fuego desde las siete de la mañana, y el café está fuerte como corresponde a quien tiene todo el día para bebérselo."