Artículo completo sobre Paio Pires: olor a marisco y memoria de barcazas
Entre bloques y olivos, el pueblo del Seixal que se bebe el estuario a tragos de tinto
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El asfalto aún retiene el calor de la tarde cuando la brisa de la desembocadura del Tajo sube por la Rua dos Pescadores y se enreda en los tendederos de ropa. Huele a marisco cocido en las cocinas de atrás, a gasóleo de los barcos que regresan al Seixal, a tierra del campo de fútbol donde mi primo sigue jugando los domingos. Aquí, a catorce metros sobre el nivel del mar, el paisaje no son “suaves ondulaciones”: son los cerros por los que corría descalzo para robar higos, bajando avenidas que aún no existían cuando mi abuela venía desde Barreiro en la barcaza.
Esta es una parroquia que se tragó a media humanidad. Primero llegaron los trabajadores de la Lisnave, después los que ya no podían pagar el alquiler en Lisboa. Los bloques crecieron como setas tras la lluvia —y aquí llueve mucho, ese rocío salado que deja las ventanas blancas de costra—. Pero entre los pisos de dos dormitorios aún queda el muro de la antigua quinta del señor Joaquim, donde la gente deja bolsas de naranjas a cambio de nada, y la oliva de doña Alice que nadie se atreve a cortar.
Huellas en el territorio
Dos monumentos catalogados, dicen. Uno es la iglesia matriz, donde me bautizaron, casé y enterré a mi padre: la piedra está tan desgastada por los besos de las viejas que parece de agua. El otro es la Quinta do Algarve, donde ahora se celebran bodas de 30 000 € pero a la que yo iba a robar naranjas mimosa para llenar el depósito del Fiat 127 de mi tío.
Los dieciséis kilómetros cuadrados son dieciséis para quien los mide en el mapa. Para nosotros es el camino del colegio hasta el café Central, donde Antonio sigue sirviendo cafés con la cuchara de madera que tiene desde 1983 y donde el pastel de nata está siempre caliente porque María hace hornada a las tres de la tarde. Es el atajo por los maizales hasta la playa fluvial del Seixal, donde nos bañábamos en mayo antes de que hubiera depuradora.
Viñedos y estuario
Región vinícola, dicen. Aquí se bebe tinto de la garrafa de cinco litros que el señor Manuel trae de Palmela —el mismo que sirve para regar el arroz con marisco el Viernes Santo—. Los viñedos que quedan son tres parras en el patio de José el panadero, que hace un moscatel que pica más que la aguardiente y que solo se bebe cuando ya no se notan las costillas del mes.
Hay seis apartamentos de alquiler vacacional, sí. Todos en el bloque donde vivía mi prima antes de marcharse a París. Ahora hay turistas alemanes que fotografían la basura el lunes y preguntan dónde está “el centro”. Les enseño el café, la gasolinera Galp, la carnicería donde se puede pagar a fin de mes.
Al caer la tarde, cuando se encienden las luces de los bloques y se oye el ruido de las cacerolas de las cenas, Paio Pires huele a ajos fritos, a ropa tendida que no se secó, a televisión encendida en cada casa. El Tajo al fondo no es ninguna promesa: es el trabajo de mi padre, que fue albañil en la Lisnave, es el barco de las siete que mi abuelo cogió cuarenta años para ir al Seixal. Y la cal del muro viejo no es memoria terca: es lo que queda del paredón donde mi madre aprendió a montar en bici, ahí sigue, entre dos plazas de garaje de cuatro dormitorios que cuestan más de lo que ella ganó en toda su vida.