Artículo completo sobre Alvora y Loureda: campanas que vuelven del granito
Entre el río Vez y la sierra de la Anta, dos aldeas donde el tiempo se quedó en la piedra
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Las campanas que vuelven de la piedra
La campana de la iglesia se desploma por el valle y tarda varios segundos en morir entre las sierras. A 569 metros, el aire trae el frescor del río Vez, que serpentea más abajo, y el olor a tierra mojada se mezcla con el de los laureles que dieron nombre a Loureda. En las laderas, el granito asoma entre el verde intenso de los prados, y el silencio solo se rompe con el murmullo del arroyo Rajado, que resbala sobre el puente de sillería como lo ha hecho durante siglos.
Piedras que atrapan el tiempo
El castro de Alvora se alza en la cima como testigo mudo del Neolítico. Las losas, cubiertas de musgo y líquenes anaranjados, guardan la memoria de ocupaciones sucesivas: desde los primeros pobladores hasta los vestigios que se esparcen por la sierra de la Anta, cuyo nombre evoca los dólmenes que aún se ven en la parroquia vecina de Anhões. La iglesia parroquial de Alvora, citada ya en el foro de 1515, ancla el presente a un pasado que se cuenta por generaciones, mientras las ermitas de San Antonio y de Nuestra Señora de la Cabeza puntean el paisaje con sus paredes encaladas.
En la Quinta do Prego, la capilla de Santa Quiteria se levanta entre muros de piedra y árboles centenarios. Las alminhas de la Julgueira y de la Señora de la Cabeza, con sus pinturas deslavadas por la lluvia y el tiempo, funcionan como pequeños altares en los caminos: lugares donde se para, se reza, se respira.
Entre el monte y el río
El Parque Nacional da Peneda-Gerês abraza esta unión de parroquias con la mole de la sierra de la Anta, el monte do Castro (706 m) y el monte da Lagoa (690 m). La laguna de Cima, escondida entre las elevaciones, refleja el cielo como un espejo natural. Más abajo, la playa fluvial de Azenha ofrece el contraste entre el agua fría del Vez y el calor de la pizarra tostada por el sol de verano. Los senderos que suben y bajan entre robles y pinos revelan, en cada recodo, panoramas donde el verde se despliega en infinitas gradaciones.
Sabores que nacen de la tierra
La Carne Cachena da Peneda DOP es el producto que mejor define la gastronomía de esta unión de parroquias. El ganado de raza autóctona pasta libremente en los prados de altura, y la carne, de fibra corta y sabor profundo, llega a la mesa en guisos lentos, asados al horno, acompañados de patata y col. A la mesa se suma el vino verde de la región, fresco y ligeramente efervescente, que corta la grasa y limpia el paladar.
Romerías que suben al santuario
La romería a Nuestra Señora da Peneda es el momento en que la parroquia se pone en marcha hacia el santuario encajonado en la montaña. La fiesta de Nuestra Señora de la Lapa (segundo domingo de agosto) y las fiestas de Nuestra Señora da Porta (primer domingo de septiembre) sacan a las gentes a la calle, con procesiones, música y comida que se alarga hasta la noche. El martes de Pascua, la Señora de la Cabeza recibe a los fieles; el 13 de junio, San Antonio; el 15 de enero, San Amaro. Cada cuatro años, la Fiesta del Señor recorre cada lugar de la parroquia, renovando lazos y memorias.
Al caer la tarde, cuando el sol rasante tiñe de oro las laderas y el frío baja de las sierras, se oye de nuevo la campana. Esta vez más grave, más pausada. Y el eco, devuelto por las montañas, suena como una respuesta que viene de muy lejos — o de muy dentro.