Artículo completo sobre Gondoriz
A 513 m, entre rebaños y campanas, despierta un pueblo que guarda sabor a brasa y silencio blanco
Ocultar artículo Leer artículo completo
La niebla que viene sin llamar
La niebla baja de la sierra al amanecer y se instala en los valles como quien se sienta a la mesa sin pedir permiso. A 513 metros de altitud, Gondoriz despierta despacio —más aún en invierno, cuando el frío pega a la gente a las camas. La campana de la iglesia corta el silencio blanco, la misma que mi abuelo decía que «servía para que los muertos no se perdieran».
El resto del año, Gondoriz respira al ritmo de los rebaños que cruzan la carretera como si fueran dueños del lugar —y, en el fondo, lo son. La Carne Cachena no es solo un sello DOP que suena a papel de Bruselas: es esa vaca menuda y terca que ves pastar en los limedos y que luego encuentras en el plato, simple, solo con sal y unas vueltas a la brasa. El vino es verde de verdad, agrio como debe ser, y no necesita notas de cata para saber que está bueno.
El Camino que pasa de largo
El Camino de Santiago pasa por aquí, trayendo gente con bastones que parecen cayados y preguntas que ya no se hacen a los lugareños. «¿Queda mucho?» —siempre se pregunta a un kilómetro del final. El sendero sube por caminos que los pies de los arcuenses se saben de memoria: pasa por la fuente donde mi abuela iba a por agua cuando era pequeña, ahora solo sirve para que los turistas hagan fotos y llenen botellas de plástico.
Gondoriz tiene seis alojamientos rurales. Seis. Tres son casas de familia que el dueño reformó «porque los hijos no quieren saber nada de esto». Te despiertas con el cacareo de las gallinas —que no son decorativas, son de verdad para comer. Hay 53 niños en la parroquia, un número que da para enumerarlos: «el hijo de Amelia, las gemelas de Joaquim, el nieto de...». Las escuelas cerraron, los bares resisten más por terquedad que por clientes, pero el café de Crispim todavía sirve un café que merece la pena subir la sierra.
Un día de romería
En los días de romería, cuando miles suben a la Peneda, Gondoriz se llena de gente. De repente hay tráfico donde solo pasaban tractores, el olor a cera se mezcla con el humo de las brasas, y esa tía que nadie veía desde hace años aparece con los nietos «para que conozcan sus orígenes». Luego pasa: la niebla vuelve, la campana marca las horas para nadie, y queda el silencio que los turistas creen que es paz —pero es solo la rutina de quien se quedó.