Artículo completo sobre Monte Redondo: donde la niebla besa el río Vez
Pueblo de granito y vienda agria que resiste entre la Peneda y el silencio
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La luz de la mañana huele a tierra quemada por la helada. Monte Redondo se alza 230 metros, pero parece más alto cuando la niebla asciende desde el río Vez y se pega a los cristales. El silencio pesa; solo lo rompe el perro de Tonho, que ladra siempre al mismo punto, o la campana de la iglesia que nadie toca, pero que repica a las siete y a las nueve como si el tiempo necesitara empujones.
Mons Reddens: la montaña que emerge
Dicen que el nombre viene del latín, mons reddens. Puede ser. Lo que sé es que aquí se canta el oficio de la tierra desde que hay memoria. La parroquia nació en 1835, pero la capilla de San Juan Bautista ya contaba historias cuando los primeros mapas aún no sabían dónde colocar el valle. Hay 196 almas empadronadas, pero a diario somos menos; los que quedamos tenemos las manos curtidas de podar la vid y la espalda doblada de cargar leña.
El granito no es paisaje; es mueble. Hace paredes, hace muros, hace bancos donde se respira antes de subir a la sierra. Las cachen —sí, esas de la Peneda— pastan solas, cabeza baja, olfateando el mismo suelo que pisaron nuestros abuelos descalzos. Son vacas pequeñas, tercas, que conocen el camino a casa mejor que cualquier forastero con GPS.
Entre la viña y la romería
La viña trepa en bancales que el abuelo de mi abuelo ya decía que eran demasiado empinados. Se planta en el mismo hueco cada año, entre marzo y abril, cuando el fuego aún corre por las venas del invierno. El vino que sale da para el canto —es verde, agrio, rechina los dientes y luego deja un calor en la boca que dura todo el día. No es para guardar; es para beber deprisa, con rojões o con sardina asada en la teja.
Agosto es de la Lapa, septiembre es de la Porta. Pero quien quiera ver Monte Redondo en pleno tiene que venir a finales de junio, cuando se parte para la Peneda. La procesión sale de la iglesia, baja hasta el puente del Vez y sube la sierra abajo, paso a paso, con las viejas de velo negro y los críos de zapatillas rotas. Se llevan gallinas vivas, promesas en voz baja y botellas de agua de la fuente para mojarse los pies al llegar.
Camino de peregrinos
El Camino del Norte entra por Carralcova, sube el Carril y baja a la Nacional como quien no quiere la cosa. Los peregrinos llegan sucios, las botas pesando tres kilos de barro y los ojos pidiendo una cama que no crujan. Hay quien duerme en el cruceiro, hay quien pide casa a doña Alda —ella abre siempre, aunque la cena sea solo sopa de alubias y un huevo frito.
Al atardecer, el humo sube recto de las chimeneas. Huele a roble seco, a hoja de laurel quemada, a tarde que se acaba. La sierra se vuelve negra contra el cielo y, abajo, una cachen muge bajito, llamando al ternero que se perdió entre los silvados. Es ese sonido —grave, antiguo, sin prisa— el que nos recuerda dónde estamos: en un lugar que no es retrato, es respiración.