Artículo completo sobre Paçô: donde el vino se acabó con su padre
Paçô (Arcos de Valdevez) guarda viñas a pie de monte, romerías con cerveza a 2,50 € y un camino que los peregrinos se temen.
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El granito de la Capilla de Nuestra Señora de la Lapa quema los dedos al caer la tarde, aun después de que el sol se oculte tras el Soajo. La cal de las paredes se desmorona a trocitos —no es un “reflejo intenso”, es la casa del señor Arménio, que necesita una mano de pintura nueva desde hace tres años. Las viñas bajan, sí, pero no siempre en bancales: hay terrenos que el tractor no aguanta y a los que solo se llega a pie, con la azada al hombro.
Tres monumentos, un bar y medio
Tres monumentos nacionales para 970 almas. Suena bien en los papeles, pero en la práctica es esto: el Monasterio de Ermelo lleva las ventanas rotas desde que aquellos niños crecieron, la iglesia parroquial solo abre a base de promesas —el párroco viene de Arcos los domingos— y la Capilla de la Lapa... bueno, la Capilla de la Lapa es donde los chavales van a fumar sus primeros cigarrillos. La Romería de la Peneda es, efectivamente, familias enteras subiendo la montaña, pero también es José Manuel vendiendo cervezas a 2,50 € en el aparcamiento, y doña Amélia quejándose de que los peregrinos le arrancan los renuevos de romero.
El vino que el tiempo no guardó
¿Os hablaron de los Vinhos Verdes? El blanco del Seixas todavía tiene burbuja, es cierto, pero el tinto que hacía su padre —el que traía en garrafas de agua de cinco litros— se acabó cuando él falleció. La Cachena es buena, no es “intensa sin disimulo”, es carne que necesita tres horas al fuego y un diente de ajo majado. En el ahumado de mi tío, los chorizos ganan sabor, sí, pero también cogen moho si el invierno se pasa húmedo. El secreto es cortar y dejar escurrir un poco de vinagre antes de freírlos.
El Camino que nadie quiere
El Camino de Santiago pasa por aquí, señor. Lo marcaron con flechas amarillas hace unos años, pero los peregrinos se pierden en el desvío de la Levada —siempre hay alguno que llama a la puerta pidiendo agua, sudando y asustado por los perros del Sousa. De los siete alojamientos, tres son casas de familia que la hija reformó cuando volvió de Oporto. El precio: «Depende de si vienes en agosto o si llueve ese día». Los 115 jóvenes son menos cada año —los que se quedan trabajan en el continente y hacen como si Arcos estuviera «a tiro de piedra».
La sierra que queda lejos
¿Peneda-Gerês? Sí, ahí al fondo. Pero para llegar hay cuarenta minutos de curvas, y el gasóleo no se paga con paisajes. Lo que tenemos de verdad es la Levada del Vez —donde las viejas se critican unas a otras mientras lavan la ropa— y la maleza que sube por los muros, lista para tragarse las huertas que nadie quiere cultivar.
A las seis en punto, la campana repica porque el sacristán aún se acuerda de tirar de la cuerda. Las sombras no son poéticas: son la señal de que toca meter las gallinas en el gallinero antes de que el gato del vecino las cace. ¿Y mañana? Mañana el sol calienta el mismo granito, sí, pero también seca la ropa en la cuerda y endurece el pan antes de tiempo. Así es Paçô: no es ningún paraíso perdido, solo el sitio donde dejamos las raíces a coger moho.