Artículo completo sobre Padreiro: donde el río Vez calla la campana
Entre maizales y granito de la Peneda, la unión de Salvador y Santa Cristina respira
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La campana de la iglesia de Salvador repica los domingos, pero no todos se oyen. Cuando lo hace, el sonido se apaga en las aguas del río Vez —aún riachuelo aquí— y se pierde entre las zarzas que devoran las orillas. La Peneda está ahí mismo, tan cerca que, en los días de niebla, parece que el granito baja hasta los maizales. El olor a tierra mojada no es metáfora: es lo que queda después de pisar el barro con botas de agua entre las huertas donde aún se planta col para el cocido de castañas.
Dos templos, una misma historia
La puerta principal de la iglesia de Salvador está cerrada con hierro desde el año pasado. La llave la guarda don Antonio, que también abre la de Santa Cristina: hace cuarenta y dos años que las desvela. Antes de la unión de las parroquias, cuenta, ya se compartían párroco, sacristán y cementerio. Las Inquiriciones de 1258 mencionan «Pradaneiro», pero quien vive aquí dice «Padreiro» como quien mastica: arrastra la erre final. Los pazos que aquellos pergaminos señalan hoy son ruinas o segundas residencias: el Casal do Paço se usa los fines de semana para familias de Oporto, la piscina estorba el paso a la era donde se secaba el maíz.
Donde los peregrinos paran por error
El cruceiro de Bicudo sirve más para señalar fincas: quien va al castañar de enfrente sabe que gira a la izquierda tras la cruz. Los peregrinos paran más por despiste que por fe —perdieron la flecha amarilla en la curva de la carretera comarcal. La Fuente Santa tiene agua, sí, pero beben los perros de caza. De las seis casas con puerta amarilla solo dos tienen habitaciones listas: las demás esperan licencia del ayuntamiento o valor para invertir. Cuando hay romería —Lapa en agosto, Porta en septiembre— sobra bocadillo de lomo, pero nunca hielo para la cerveza.
Carne que sabe a monte
El ganado cachena pasa más tiempo en los pastos de labriego que en el cercado. Quien tiene un par de vacas vende el ternero a los quince días: paga la luz. La carne solo es DOP cuando va a la tienda de Braga o a la feria de San Martín. Aquí dentro se comen corderos lechales y gallina de corral —tres horas al fuego, sin echar agua, solo su propio jugo. El vino verde es blanco, se sirve en vaso de veinte céntimos y el efervescente es el primer golpe de botella que se abre el viernes.
La montaña como vecina
Los senderos que suben a la Peneda empiezan en el suelo de adobe de la Estrada Nova: tras dos lluvias se vuelven tobogán. Quien los anda lleva pan de molde en la mochila para merendar en el mismo pico donde pastoreó el abuelo. La cestería existe, sí, pero solo en el taller de doña Alda: teje cesto de regazo para venderlo a los veraneantes españoles mientras espera que el nieto le traiga las pastillas para la tensión. La única densidad que importa es la de vecinos que se conocen de nombre: 78 personas por km² suena a estadística de Lisboa; aquí sabe a casa con la puerta abierta y leña crepitando.
Cuando el sol se pone tras el castaño de la escuela cerrada, el frío baja de golpe —no hay tejado que lo aguante—. Hay 139 mayores porque los nietos se fueron a Viana, a París, a la fábrica de Leça. Quedaron los padres y la campana que toca a las siete para cenar.