Artículo completo sobre Portela y Extremo: río Lima y pan de millo
Arcos de Valdevez guarda estas dos aldeas donde el silencio huele a leña y el río forma playas
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La luz de la mañana se cuela a tajos por las ventanas de Portela, dibujando en el suelo un ajedrez de troncos de castaño. Más allá, el río Lima discurre pausado, arrastrando el reflejo de las laderas que trepan hasta la sierra de la Peneda. El silencio pesa —lo rompe la campana de la iglesia, que nunca dobla a la misma hora; el ladrido lejano del perro del señor Arménio; el chisporroteo de la leña en el horno de doña Rosa, donde el pan de millo aún se cuece con ceniza de hoja de nogal.
La montaña que se habita
La unión de las parroquias de Portela y Extremo nació en 2013 de la fusión administrativa de dos aldeas que comparten destino: la periferia del municipio de Arcos de Valdevez y la frontera con Melgaço. «Portela» viene del latín portella, abertura pequeña: recuerdo de los antiguos caminos que ascendían desde el valle del Lima hasta la Peneda. «Extremo» lo dice todo: el fin del mapa y el principio de otra cosa. Ambas vivieron del maíz, del centeno y del ganado; prácticas que la emigración de los sesenta y los ochenta no logró borrar del todo. Hoy, con 323 vecinos —más de la mitad mayores de 65 años—, la parroquia respira al compás de las estaciones: los castañares en flor de mayo y la vendimia de agosto que ya nadie celebra.
Cuando la piedra toca el agua
Quien cruza el puente medieval de Portela —pizarra oscura resbaladiza de musgo— sigue la estela de los rebes trashumantes que, hasta entrado el siglo XX, bajaban de la Peneda hacia los baldíos de Arcos. A pocos metros, la playa fluvial de Portela se abre en lengua de arena blanca, flanqueada por robles donde los críos aprenden a nadar la noche de San Juan. Río arriba, el Pozo del Infierno se hunde en un desfiladero de roca donde el agua golpea con fuerza sorda y forma remolinos verdes que los mozos desafían a saltar. La Ruta de la Peneda parte de Extremo y asciende seis kilómetros hasta el santuario, atravesando praderas donde pasta suelto el ganado cachena, los garranos huyen al ver humanos y el ratonero patrulla en círculos lentos sobre los restos que dejan los pastores.
Fiestas que marcan el año
Las romanías marcan el calendario. La primera quincena de septiembre trae la Fiesta de Nuestra Señora de la Lapa: procesión, conciertos al aire libre y puestos de castañas asadas que la abuela Aninhas cuece en la tartera de hierro desde 1953. En mayo, las Fiestas de Nuestra Señora de la Puerta: bendición de los campos y promesas de buena cosecha que nadie se cree. A principios de agosto, muchos caminan hasta el santuario de la Peneda, en Melgaço, en romería donde los pies sangran dentro de los calcetines. Octubre es tiempo de Fiesta del Bolo de Broa: harina de maíz, miel de brezo, canela. Noviembre huele a castañas en las hogueras de la Fiesta de la Castaña, donde el vino caliente se sirve en vasos de plástico reutilizados.
A la mesa con la Peneda
La cocina sigue el calendario agrícola que ya nadie respeta. Destaca el estofado de Carne Cachena de la Peneda DOP, vacuno que pastó donde ahora los turistas se hacen selfies; el cabrito asado en horno de leña que solo doña Lurdes enciende; la chanfana que José Manel guisa con vino tinto del año pasado. La Quinta do Espadanal abre sus puertas para catar vinos verdes de la subregión Lima: Loureiro que arde en la garganta, Arinto que hace cosquillas. En el único restaurante que queda, el menú «Cachena & Castaña» (octubre-diciembre) pone la montaña en el plato: carne que tarda tres horas en cocerse, patata asada en la brasa, castañas que crujen. De postre, suspiros de Portela que la nieta de doña Rosa hace con las claras sobrantes de los bolinhos de Extremo rellenos de dulce de calabaza que nadie come desde 1997.
Tras la estela de los peregrinos
El Camino de Santiago —la ruta del Norte— atraviesa la parroquia en doce kilómetros de corriles donde las piedras sueltas rompen tobillos. Quien lo recorre duerme en el albergue de Portela, desayuna oliendo el pan que el párroco compra en el bar y reanuda la marcha entre muros de pizarra que se desmoronan con la lluvia. La Casa del Guarda, núcleo museográfico en Extremo, guarda herramientas de carpintero de 1920: sierras que el abuelo de Antonio aún afila, cepillos que sirvieron para hacer los ataúdes de la gripe de 1918. Allí se cuenta cómo fueron los oficios que dieron forma a estas casas donde ahora solo entran turistas alemanes.
Al caer la tarde, la luz baja tiñe de naranja los valles que ya nadie mira porque las televisiones están encendidas. El humo sube recto por las chimeneas, trayendo el olor a leña de roble que los nietos ya no saben distinguir. Y el Lima, allá abajo, sigue corriendo: se lleva hojas de castaño, botellas de plástico y el eco lejano de una campana que toca más por los muertos que por los vivos.