Artículo completo sobre Prozelo, el valle donde el vino sabe a piedra
Arcos de Valdevez guarda un pueblo de viñas en bancales y silencio de Lima
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El valle se abre paso entre laderas que aún conservan el verde empapado del invierno. Aquí, a noventa metros de altitud, las viñas se aferran a bancales tan estrechos que no cabe un tractor: todo se hace a mano, como en tiempos de mi abuelo. Las piedras de los muros, ennegrecidas por el musgo, sujetan la tierra como quien contiene un suspiro. Prozelo respira al ritmo de los días: el frío que asciende del Lima a las siete de la mañana, el calor que seca la ropa en la cuerda antes del mediodía. Ochocientos quince vecinos, sí, pero cuéntalo así: tres señoras en la ventana, un perro que ladra al viento, el silencio que queda cuando el tractor se calla.
Entre la viña y el pasto
Las viñas huelen a uva pisada cuando septiembre aprieta. De madrugada, aún con rocío, los racimos están ahí: pequeños, ácidos, perfectos para ese vino que luego arde en la garganta. La cachena pasta en los lameiros de arriba, con los cuernos largos y la mirada pausada de quien sabe que nadie tiene prisa. La carne, tras tres días en salazón, sabe a hierba y a monte: no hace falta ninguna DOP para saber que esto solo pasa aquí.
El peso de la fe
En agosto, cuando se sube a la Lapa, la carretera huele a escape y a fiambrera. Las mujeres llevan arroz con leche en cazuelas de barro, los hombres se toman cervezas en el café del campo antes de misa. Las campanas de la iglesia doblan a las seis, pero dentro solo están los mayores; los demás se quedan fuera, fumando y contando la misma chorrada del año pasado. Trescientos con más de sesenta y cinco años: la tercera edad lleva la contraria, como dice el Zé de la tienda.
Camino de piedra y polvo
El Camino pasa, sí, pero los peregrinos vienen todos iguales: mochila verde, bastón en la mano, cara de quien ignora que el café aquí cuesta setenta céntimos. Se paran en la fuente de la Igreja Nova, llenan la cantimplora, preguntan si hablamos español. Pocos se quedan: tienen prisa por llegar a Arcos, donde hay Wi-Fi y pizzas. Aun así, dejan los papelitos del credencial en la iglesia, y los críos luego van a buscarlos para hacer aviones.
Lo que queda
Cuando el sol se pone tras el Soajo, el valle se tiñe de miel y ceniza. Es la hora en que las mujeres traen las vacas, los perros ladran a la sombra, y el olor a leña quemada se mezcla con el pan que aún está en el horno. No hay filtro que lo capte: solo quien se queda a cenar se lleva la ropa oliendo a ahumado durante tres días. Y aun así, cuando ya va lejos, aún siente en la boca el sabor de ese vino que no estaba hecho para vender.