Artículo completo sobre Senharei: la aldea donde la niebla marca el tiempo
A 578 m, 164 vecinos y tres romerías que llenan Arcos de Valdevez de olor a sarrabulho
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La niebla sube del valle como el café cortado en un vaso de leche: despacio, tiñendo los bancales que el tiempo fue olvidando. Aquí, a 578 metros, Senharei no marca horarios: marca estaciones. Son 164 vecinos, pero se cuentan con los dedos los que se quedan todo el invierno. El resto se marcha con las golondrinas o se queda clavado como piedra en el zapato.
Tres romerías que hinchan el calendario
No se entiende la aldea sin saber que hay tres fines de semana en los que engorda de gente. La de la Lapa, en enero, es la más breve: madrugar, misa, sarrabulho* y de vuelta antes de que el deshielo moje los calcetines.
La de la Porta, en agosto, ya trae verbena y casetas de sopa de cebolla que sabe a cierre de vacaciones.
Pero es la de la Peneda, el 8 de septiembre, la que llena la ladera de coches aparcados en doble fila. Dicen que viene gente desde Oporto que no falta ni uno; yo lo creo, porque lo he visto: el atasco empieza en Gavieira.
*Estofado de sangre de cerdo con arroz, especia del Minho.
Cachena: vacas que parecen de juguete
Cruzar el rebaño de cachena es toparse con el primo pequeño que de pronto ha crecido: parecen de plástico, pero son ellas las que mantienen los campos limpios.
La carne es buena —lo avalan los matarifes—, pero el secreto es el tiempo: debe madurar tres días en salmuera, si no queda tan dura como suela de bota.
Quien quiera llevarla a Lisboa encarga con dos meses de antelación al Sr. Zé do Paredón; olvídese de llamar los martes, solo atiende los viernes después de misa.
Vino que no engaña
Las viñas sobreviven donde no entra el tractor: curvas de herradura, muros de pizarra, cepas torcidas que parecen agarrarse para no caer por el barranco.
Producen poco, pero basta para llenar las damajuanas de boca ancha que asoman en las bodas de aldea.
El sabor: agrio como una lima, pero corta la grasa del asado como cuchillo en brasa.
Si le ofrecen un culín, acepte; rechazarlo es como decir que la suegra cocina mal: aquí se guardan rencores.
Escuela cerrada, chimenea encendida
El colegio lleva las ventanas tapiadas desde 2009; dentro, un mapa de Portugal donde Angola sigue siendo provincia.
En cambio, hay cuatro casas de vacaciones restauradas —piscina climatizada, wifi y nombres tipo «Casa del Silencio».
Funcionan siempre que el alemán o el madrileño reservan con antelación.
El resto del año el silencio es exactamente ese: solo lo rompe el camión de la basura los miércoles o el perro del Sr. João Birra que ladra a la luna.
Cuando el sol se pone detrás del Soajo el aire se pone tan límpido que parece que la sierra tiembla.
A esas horas huele a leña quemada y a hoja de nabo en el fuego —mezcla que devuelve a cualquero a casa, incluso quien no nació aquí.
Senharei es eso: un lugar que no se explica, se siente.
Si viene, traiga buenos botines y el estómago vacío; lo demás lo da la aldea, sin quitar ni poner.