Artículo completo sobre Távora: ocho campanadas y un valle que se sabe de memoria
Arcos de Valdevez guarda esta aldea donde hasta el silencio huele al río Vez
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La campana de la iglesia rompe el silencio como quien despierta a un amigo: sin prisa, pero en el momento justo. Ocho campanadas que todo el mundo cuenta sin mirar el reloj. En Távora —la nueva parroquia que une Santa Maria con São Vicente—, 848 personas bastan para conocerse por el apodo y para que nadie se pierda en un entierro. El valle sube despacio hasta los 171 metros, donde el granito asoma la cabeza entre praderas y muros de pizarra. El aire siempre trae algo del río Vez, aunque solo sea en la ropa tendida, y en las mañanas de invierno, humo de las chimeneas que aún queman la leña del año pasado.
Cuando dos pueblos se hacen uno
La unión de las parroquias no borró recuerdos; solo facilitó el papeleo. Santa Maria conserva su romería, São Vicente la suya, y cada una tiene su santo que no soporta ser molestado fuera de horario. El nombre Távora viene de gentes que anduvieron por aquí marcando territorio antes de que hubiera carreteras; hoy sirve para centralizar el correo. Quien pasa por el Camino de Santiago ni se entera de que ha cambiado de parroquia: sigue subiendo, la mochila golpeando la espalda, siguiendo las flechas amarillas que alguien repinta cada cuatro años cuando empiezan a desgastarse.
El peso de la piedra y la carne
Cachena no es marca comercial; es la vaca que vive más que mucha gente y que, al final, da excusa para una cena. La carne es oscura, como debe ser, no esa cosa rosa que viene envasada. En los sitios donde se come bien, el dueño está en la cocina y la mujer sirve en la mesa. Los rojões son rojões: carne, pimentón, patata y un vaso de blanco que se llena sin pedir. El arroz de sarrabulho es para días de niebla y cuando el puerro silvestre ya ha dado lo que tenía que dar. Quien no traga sangre se conforma con el quinto —que es el quinto plato, pero también puede ser la quinta copa.
Verde que no es solo color
Está dentro del Gerês, sí señor, pero no por eso se va en camiseta y chanclas. Los senderos son asequibles si se tiene juicio: lleve agua, lleve un bizcocho para media vuelta y no intente hacer todo el parque en una tarde. La subida cuesta, a veces, pero la recompensa es un nicho donde alguien ha escondido una botella de vino —o el mirador donde el café sabe mejor porque se ha llegado a pie. En cuanto a las aves, aparecen cuando quieren. Lo mejor es llevar prismáticos y paciencia; lo demás es suerte.
Romerías que no son turismo
Las fiestas son nuestras. La de la Lapa, la de la Porta, la de la Peneda —ninguna sirve para vender camisetas. Los mayores van porque siempre fueron, los jóvenes van porque sus padres los obligan y acaban por aficionarse. Hay cante al desafío, sí, pero también hay el tío que canta desafinado y la abuela que lleva los bollos de miel en una bandeja de aluminio que ya ha aguantado tres generaciones. La procesión es lenta, como debe ser: se para, se reza, se vuelve —y nadie se queja del tráfico porque el tráfico son ellos.
Casas vacías, casas de fin de semana
Muchas ventanas cerradas pertenecen a emigrantes que solo las abren en agosto, cuando el coche francés se detiene ante la puerta y la vecina está en la ventana para ver si ha traído bombones. Los cinco alojamientos turísticos ofrecen lo que tienen: habitación con vistas, desayuno a la hora que se levante el huésped y pan comprado en la panadería, no congelado. La densidad de población es un número que no significa nada: hay días en que se anda media hora sin cruzarse con nadie, solo el perro del casero que viene a olisquear las botas.
La última luz de la tarde es el momento en que la aldea parece recién salida de la ducha: todo limpio, todo callado, solo la campana que avisa de que alguien sigue despierto. Távora no promete espectáculo. Da lo que tiene: piedra para las rodillas, vino que corta la sed, silencio que no necesita subtítulos. Quien venga buscando filtros se llevará una desilusión. Quien venga buscando un sitio donde el tiempo no es enemigo, se queda.
Datos clave
- Población: 848 habitantes
- Altitud: 171,7 m
- Distrito: Viana do Castelo
- Municipio: Arcos de Valdevez
- Arquetipo: CULTURA