Artículo completo sobre Gondar e Orbacém: donde el agua y las campanas cuentan
Entre minas de estaño y romerías en la Sierra de Arga, este rincón de Camina guarda
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El murmullo del agua se adelanta a la vista: un rumor constante que sube de los regatos y arroyos que bajan de la Sierra de Arga. El forastero cree que es un sonido ambiental de su móvil, pero es el agua trabajando desde hace siglos. En las mañanas de octubre, cuando la niebla aún cubre los valles, se oye el tañido lejano de las campanas: empieza la romería. La gente sube la ladera como quien va a por pan, solo que el bar es una ermita en medio de la nada y el consumición, un cántico.
Gondar y Orbacém se fusionaron en 2013 porque los mapas debían ahorrar tinta, pero quien vive aquí ya sabía que esto era la misma aldea partida por la mitad. El mismo agua del Coura, los mismos robles, el mismo granito que los romanos hurgaron buscando estaño. «Gondar» viene del gallego «hacer camino» — y el camino existe, es el que aún pisan los peregrinos que van a la playa, pasando por el lugar donde doña Leonor mandó levantar un hospital para la gente cansada. Hoy solo quedan piedras, pero las piedras cuentan historias a quien sabe escuchar.
Donde la mina era la fábrica del pueblo
La iglesia matriz está en pleno casco como quien se planta en medio del salón. Se entra, huele a cera y a ropa guardada. El retablo es manierista, pero lo que impacta es la luz que entra de costado, como si al sol también le diera vergüenza molestar. Más arriba, la ermita de São João D’Arga espera octubre como quien espera al equipo de fútbol. El resto del año es solo ella, el viento y los corzos. Pero el día de la romería se llena de pan bendito y de gente que no va a misa desde su bautizo y que aquel día, hasta canta.
En las laderas, las minas son ahora agujeros que no dan a ninguna parte. Entre 1920 y 1960, esta era la Sierra de Arga trabajando: treinta concesiones de estaño, gente de todo el Miño subiendo a ganir un duro. Hoy los pegmatitos brillan al sol como cristales rotos: son los únicos testigos que aún no han emigrado.
Qué se come (y qué se bebe para ayudar)
En el ahumado de cada casa se cura el chorizo que después irá al caldo verde o al cocido. Es pimentón, ajo y esa papilla de maíz que hace que el plato parezca un cuadro de Kandinsky. En Cuaresma, la lamprea huele a vino tinto antes de llegar al plato: el Miño mandando recuerdos. En las fiestas, el vino de ramas va de jarra en jarra: se bebe de pie, se interrumpe la conversación, se olvida el vaso en el muro. En las quintas de San Martiño, el queso de cabra es de esas cabras que aún suben la sierra como si fueran a visitar a parientes. Lleva miel de brezo, que es miel que sabe a tierra. Las cavacas de Orbacém son duras como la vida, pero se mojan en el café y pierden la guerra.
Senderos para quien va sin prisa
El Camino de la Costa atraviesa la parroquia como quien atraviesa una habitación a oscuras: despacio, para no despertar a nadie. Son cinco kilómetros hasta São João D’Arga, pero parecen diez si se mete uno en conversación. En el camino aparecen pozas naturales heladas: el remedio para quien haya traído valor (o haya olvidado el juicio). Los molinos en ruina guardan engranajes que ya no mueven nada, pero aún giran en la cabeza de quien recuerda al abuelo. La densidad de población es de 39 personas por km²: hay más robles que vecinos, y los corzos ni se molestan en huir.
En el atrio, tras la romería, queda el olor a pan y a tierra pisada. Las voces se van pronto, pero el eco se queda más tiempo, como quien no quiere irse a casa porque aún queda vino en la botella.