Artículo completo sobre Lanhelas: campanas, viña y granito entre Coura y Arga
Pueblo de Caminha donde el río, la sierra y la piedra se abrazan cada alba.
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El repique de las campanas baja por el valle y se pierde entre las parcelas de maíz en bancales tan estrechos que parecen tallados a la medida de unas botas. Lanhelas se extiende sobre una loma dócil —más dócil que la excusa de un marido que vuelve de la taberna— donde el granito asoma entre el verde intenso de los prados. La luz de la mañana se cuela por las rendijas de las casas de piedra y enciende los patios donde aún se guarda el carro de bueyes arrimado al muro, como quien guarda la motosierra del abuelo «por mera memoria». Aquí viven 897 personas entre el río Coura y las primeras elevaciones que anuncian la sierra de Arga, en un territorio de poco más de cinco kilómetros cuadrados donde cada metro se conquistó al desnivel —y al Gobierno, que va mandando unos cuartos para que el camino de tierra no se lo trague el barro.
Piedra que cuenta siglos
Dos monumentos clasificados marcan el paisaje. Uno es Monumento Nacional, el otro Bien de Interés Público: en la práctica, el equivalente en piedra y cal a tener un tío con medallas y otro con montones de facturas pendientes. El granito es el mismo de los muretes donde la gente se sienta a la sombra a discutir si el Benfica va a ganar esta año. Frío al tacto en las mañanas de invierno, pero por la tarde calienta como un horno de pan cuando el sol da de lleno en la fachada de la vieja escuela —hoy centro social, donde se juega a la brisca y se habla de la lluvia y de los nietos.
Viñedos entre el río y la sierra
Lanhelas forma parte de la Región de los Vinos Verdes. Las viñas suben en emparrados y, debajo, el maíz aprovecha el hueco que queda: como dicen los mayores, «la parra manda, pero el maíz también quiere su pan». En otoño, el olor a mosto se mezcla con el humo de las chimeneas donde se tuestan castañas. La vendimia aún se hace a mano en muchas quintas; quien pasa oye las tijeras y las voces, pero no entra la mitad porque hablan bajito —cosa que solo ocurre cuando se habla de los vecinos.
Camino de piedra y fe
El Camino de la Costa entra en Lanhelas como quien entra en un bar: saluda, bebe un vaso de agua y se va. Los peregrinos suben desde Caminha, se detienen a admirar la vista y a ver si el móvil coge cobertura: no coge. La romería de São João D'Arga arrastra multitudes a la sierra en junio; quien no va a la romería va a las fiestas de Santa Rita o de San Benito, siempre con la esperanza de que el cura acabe pronto para llegar a tiempo de cenar. Hay 312 mayores para 77 jóvenes: más gente con bastón que con mochila, y aun así llenan los bancos de la iglesia mejor que la lotería de Navidad.
Territorio entre generaciones
La parroquia tiene 178 habitantes por km², pero eso no lo dice todo. Dice que hay casas en venta, huertos que regar e historias que escuchar —siempre que uno tenga paciencia para hacerlo al ritmo del vecino. Aun así, hay 25 alojamientos turísticos: algunos son apartamentos con Wi-Fi que falla cuando sopla el viento del Miño; otros, casas de piedra que mantienen la carcoma en régimen de vacaciones. Acogen sobre todo a peregrinos y a familias que quieren ir a la playa de Moledo pero no quieren pagar los precios desorbitados de allá arriba.
Al caer la tarde, el humo sube recto de las chimeneas: señal de que no hay viento y de que la vecina Júlia ya ha encendido la cocina. El perro de Adérito ladra al mismo cuervo de siempre. La cancela de madera cruje, el pestillo de hierro golpeea con un sonido seco, definitivo, que se queda suspendido en el aire fresco de la noche. Es el ruido de quien cierra la casa, no la aldea —porque en Lanhelas, aunque todo parezca callado, siempre hay alguien despierto contando el tiempo por los claveles del muro.