Artículo completo sobre Riba de Âncora
Capillas de granito, sardinas en la brasa y redes heredadas al pie del Âncora
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El río Âncora se oye antes de verse — no es un murmullo, es un aliento. Llega frío por el valle y agita los limoneros de las huertas antes de que podamos distinguirlo. Cuando por fin aparece, abajo, trae el verde oscuro de las algas y el barro que las mareas dejan aferrado a las raíces de los sauces.
Devoción de cal y piedra
Seis capillas para 680 vecinos. No es exceso: es forma de repartir el año. Cada una tiene su romería, su procesión, su banda que ensaya a escondidas durante el mes previo. La de Nuestra Señora de Guadalupe se alza en la cima del monte; allí arriba, el viento despeinado trae la sal del mar a cinco kilómetros. La del Espíritu Santo guarda el pilar más bello —granito rosado con una paloma tan bien tallada que los niños intentan darle migas de pan. La iglesia parroquial abre por la noche para el rosario, pero es el olor a cera derretida mezclado con el fiambre que alguien acaba de traer de la carnicería el que confirma que estamos en casa.
Entre el río y la romería
El Âncora se dobla junto al muelle de piedra donde ya no atracan los barcos de xávega. Aun así, los nietos de los pescadores guardan las redes en el mismo horcajo, bajo tejados de uralita que crujen cuando levanta el norte. En la ría, cuando baja la marea, los viveros de marisco parecen mosaicos de piedra; dentro, los berberechos esperan la mano que los desgrane antes de que llegue la sardina a la parrilla. Cuando pasan los peregrinos, paran en el café de la Ponte para tomar un galão y escuchan a Zé Manel contar que el albergue de São João d’Arga alojó anteayer a dos alemanes en bici que ni sabían que existía la sierra.
Las fiestas no tienen fecha en el calendario: tienen olor. Cuando empieza a flotar la fritura de sardina y la cerveza salpicada por el sol, es señal de que San Juan se acerca. Las mujeres pasan la semana extendiendo mantelería de lino sobre mesas de madera que sacan del almacén de la junta parroquial; los hombres afilan los cuchillos para el lechón que gira en la vara desde las cinco de la madrugada. Tras la misa se sube la sierra en procesión, pero es en el pórtico de la capilla de San Juan donde se guarda la imagen: un santo de madera ennegrecido por el humo de las velas, con ojos de cristal que parecen seguir al que pasa.
Sabores del Alto Minho
El bacalao es de los viernes —posta con todos, cocida en el horno de leña del restaurante que solo abre si a António se le ocurre avivar la ceniza. El arroz de sarrabulho lleva sangre de cerdo fresca, no la congelada que llega de la cooperativa; la madre de Tina la encarga en Vila Nova de Cerveira y la guarda en bolsitas de plástico colgadas del techo del trastero, a la altura de los gatos. El vino es blanco, miudinhos, servido en vasos de junta que se rompen si aprietas demasiado: tiene la acidez justa para cortar la grasa de los torreznos y recuperar el aliento para bailar el vira al son de una concertina desafinada.
En los cafés, el dulce se llama «canudinho da avó»: hojaldre enrollado relleno de crema de huevos que doña Lourdes hace en cazos de cobre traídos del Monasterio cuando cerró. Se comen de tres en tres, dejando el azúcar impregnado en los labios, y se bebe un café corto que Zeferino sirve ya con la cuchilla dentro, «para que no enfríe deprisa».
Caminos y silencio
El camino del río se queda mudo después de las siete. Los niños ya no tiran piedras: están con las tabletas conectadas a la red del café, pero los padres siguen llamándolos para dentro cuando la niebla sube de la ría. La carretera municipal 1051 guarda el sonido: el tractor del señor Joaquim que baja de la sierra con leña de eucalipto, la bocina del coche del párroco que va a dar la extremaunción a doña Idalina, el ladrido de los perros de Garrida que ha aprendido a distinguir el paso de un forastero.
Al crepúsculo, cuando los altavoces de la iglesia tocan el aviso, el río aún conserva el color del día, aunque ya no es verde: es plomo pulido, espejo donde se pierde el reflejo de la sierra de Arga. Las luces de las casas se encienden una a una: primero la de la cocina, luego la del pasillo, por último la del patio donde el gato salta el muro. Riba de Âncora no explica nada: se limita a existir, entre el chirriar de la puerta del pajar y el olor al mar que aún no ha llegado.