Artículo completo sobre Vila Praia de Âncora: la bahía que huele a café y redes
Vila Praia de Âncora, en Caminha, une dunas, fortalezas del siglo XVII, petunias que se ven desde el satélite y vino verde DOC frente al Atlántico.
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La primera luz del amanecer entra por la desembocadura del río Âncora con una claridad atlántica que hace brillar la marisma. El olor a sal se mezcla con el aroma de café que sube de las terrazas del paseo marítimo, donde los pescadores regresan ya con cajas de lubina y salmonete. La bahía semicircular se extiende en una curva suave hasta el Fuerte de la Lagarteira, y junto al agua, la Capilla de Nuestra Señora de la Bonanza —patrona de quienes viven del mar— parece montar guardia sobre las redes que se secan al sol. Aquí, entre dunas y fortificaciones del siglo XVII, la antigua Gontinhães creció de aldea pesquera a villa balneario sin perder el ritmo de las mareas.
El topónimo que vino del fondo
El nombre Âncora —que aparece en documentos desde el siglo IX como Villa Guntilanis— está ligado tanto a la forma de la bahía como al ancla simbólica que marcaba el puerto medieval. Fue aquí donde se consolidó uno de los núcleos de pesca más antiguos del litoral minhoto, protegido por la construcción del Fuerte de la Concepción en 1640, estrella abaluartada que aún domina el paisaje costero. Quien sube la Escalera del Calvario —antiguo camino de penitencia tallado en peldaños de piedra— llega al Monte Calvario y encuentra la Capilla del Señor del Calvario, con su Vía Crucis manierista de catorce cruces y, justo al lado, la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes. Desde el mirador, a 150 metros de altitud, la mirada alcanza la desembocadura, la línea de espuma del Atlántico y, hacia el este, los bancales viñedos del valle del Âncora donde se produce vino verde DOC de las variedades Loureiro y Alvarinho.
Petunias y selfies junto al mar
Vila Praia de Âncora tiene una marca visual que hasta Google Maps detecta: las franjas de petunias que cubren la Praça da República desde 2018, tan densas que aparecen en las imágenes de satélite. A finales de abril, el concurso Vila Praia em Flor —organizado por la junta parroquial— llena balcones y jardines de color, transformando las calles en una feria de artesanía y música popular. Pero la imagen más icónica es el letrero gigante “VILA PRAIA DE ÂNCORA” en el Fuerte de la Lagarteira, mirando al océano como un Hollywood a la minhota, punto obligado de selfie para quien pasea por el paseo marítimo. Más al sur, bancos-balancín colgados sobre la arena invitan a ver la puesta de sol mientras la marea llena la desembocadura, formando la llamada “laguna de la barra” —espejo de agua templada donde los niños chapotean con seguridad.
Fe, mar y fuego en la sierra
La devoción marítima marca el calendario: el segundo fin de semana de septiembre, la Fiesta de Nuestra Señora de la Bonanza —con registros parroquiales desde 1753— lleva la imagen de la patrona en una procesión marítima de barcos engalanados, seguida de cortejo por calles cubiertas de pétalos. Pero es en la noche de San Juan cuando la villa se vacía hacia la Serra d’Arga: la Romería de São João D’Arga reúne a cientos de personas que suben durante la madrugada hasta la cima, encienden hogueras, cantan al desafío y esperan el amanecer sobre el Atlántico. El Grupo Etnográfico y Orfeón Ancorense —fundado en 1926— mantiene vivas las cantigas tradicionales y los pauliteiros, mientras la Fiesta de San Benito (celebrada desde 1832) y las celebraciones de Santa Rita de Casia marcan el año con misas cantadas y verbenas.
De la desembocadura a la mesa
La caldeirada de pescado de la desembocadura —lubina, salmonete, coquina— se cocina despacio en cazuelas de barro, aderezada con cilantro y aceite verde. En el restaurante Fortaleza, la chuleta de ternera “a la manera de la villa” compite con el sável a la plancha o en escabeche, pez que remonta el río en primavera. Hay feijoada de buccinos, almejas al vapor y arroz de marisco con conquillas recogidas en la marisma. En los dulces, las bolas de San Benito y las cavacas de Âncora —cuya receta se pierde en la memoria de las antiguas reposteras— acompañan el café, mientras en las laderas de la sierra se produce miel, confituras caseras y aguardiente de madroño que calienta las noches de invierno.
Donde el tren casi moja los pies
La apeadero ferroviario —inaugurado en 1886 en la línea del Minho— está a escasos cincuenta metros de la playa, una de las estaciones más cercanas al mar en Portugal. Desde allí parte la ciclovía del Camino de Santiago por la Costa, que sigue por el paseo marítimo hasta Moledo, pasando por los pasarelas de madera del Sendero de los Calderones, suspendidas sobre dunas y marisma donde posan aves migratorias. Quien busca agua dulce sube a la Serra d’Arga, integrada en el Parque Arga-Mar desde 2001, y recorre senderos hasta las cascadas del Poço das Caldeiras, entre robles de hoja gruesa. De vuelta a la villa, siempre hay tiempo para alquilar un kayak y remar por la desembocadura al atardecer, cuando la luz rasante incendia el agua y el granito del fuerte cobra tonos de cobre.
Cae la tarde y el paseo marítimo se llena del olor a pescado a la plancha que sale de las cocinas. En la plaza, el Orfeón ensaya una cantiga antigua mientras un pescador ordena redes junto a la Capilla de la Bonanza. El ancla que dio nombre a la villa nunca soltó fondo: aún hoy, quien llega aquí siente el peso suave de quedarse.