Artículo completo sobre Vilar de Mouros: el pueblo que inventó el rock portugués
En la curva del Coura, donde nació el mítico festival, aún resuenan ecos de Hendrix
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El estruendo de las guitarras eléctricas se apagó hace décadas, pero el césped del recinto aún guarda la huella de aquellos pies descalzos de 1971. Al fondo del valle, donde el río Coura describe su última curva antes de desembocar, el aire conserva un hilo de incienso y gasolina. Fue allí donde el Dr. Barge —a quien todos conocen como «el médico de los perros», porque atiende a los animales cuando el veterinario está en la ciudad— decidió montar el primer festival de Portugal. Se ganó la excomunión y unas deudas que su sueldo de médico de cabecera tardó años en saldar, pero consiguió que los chavales de Lisboa supieran dónde estaba Vilar de Mouros.
El valle que dejaron los moros
Villa de Mouros, reza el registro. Los mayores aún la llaman «la aldea debajo del puente», como si la piedra fuera un paraguas. El puente románico no es solo postal: a las siete de la mañana, cuando la niebla sube del río, los camioneros españoles toman la curva a toda pastilla y los pescadores amenazan con tirarles las cañas a la cabeza. La iglesia tiene una campana que se oye en Lanhelas cuando el viento sopla del norte; dentro, el oro de los retablos huele a cera de vela y a ropa guardada. En las aldeas, las casas minhotas llevan la madera pintada de azul oscuro —no por norma municipal, sino porque el tintorero del pueblo siempre le sobra de ese lote.
Cuando la sierra se llena de romeros
San Benito es el día en que el aldeano lleva el burro a misa. El cura bendice todo lo que mugue, ladre o relinque, mientras los niños se esconden detrás de las faldas para no mojarse con el agua bendita. La subida a São João d’Arga empieza a las cuatro de la madrugada con los clarines de la espadatilha y el olor de la orujo que calienta el estómago. En la cima, el sol nace sobre Galicia y el chorizo asado en la lata de conserva hace un humo azul que se pierde donde los peregrinos del Santo Sudario encendían hogueras en el siglo XVI.
Trucha del Coura y lamprea en caldeirada
La trucha hay que comerla en el plato caliente que el río lavó hace media hora. El restaurante «O Moinho» la sirve con una cuchara de arroz al horno —el dueño dice que es para «secar» lo que el pescado moja-. Cuando llega la lamprea, son tres días de vino tinto oscuro que hierve en la cazuela de hierro; el arroz se tiñe tanto que hasta mancha los dientes. Los días de feria, la tasca de doña Alda hace rojões con panceta ahumada en la chimenea; el pan de millo va en una bolsa de tela y el mojo se mezcla con la hebra del vino que sobra de las botellas de la cena.
Entre el Coura y la sierra de Arga
La senda del «Caminho dos Moinhos» empieza donde el arroyo desaparece bajo una casa —hay quien jura que oye chirriar las ruedas de las aceñas cuando sube el caudal-. La subida a Arga se hace sobre tablas de madera clavadas en la tierra blanda; a mitad de camino, el roble del «Corno do Boi» tiene una cadena oxidada donde los pastores ataban a los perros para que no perdieran las ovevas en los despeñaderos. En la cima, el viento trae la sal del Atlántico y, si el día es claro, se ve el faro de Caminha parpadear.
El agua que lleva el nombre de la aldea
La fábrica del «Água de Vilar de Mouros» cerró hace veinte años, pero aún quedan botellas con la etiqueta desvaída en el café del señor Aníbal. El manantial está justo a la entrada de Sopo; los vecinos dicen que «el agua es nuestra, solo el sitio es de ellos». En agosto, el festival regresa con escenarios más pequeños y colas para la bifana que aún lleva salsa de mostaza casera. Cuando acaban los conciertos, los chicos dejan las latas de cerveza en los muretes del puente y el río se las lleva en silencio, como si guardara las anillas de recuerdo.
La última luz roza el granito del puente y el diente de ajo que alguien aplastó en el parapeto. Al otro lado, el pescador de Zé da Tília enrolla el nilón alrededor de la lata de sardinas vacía —guarda la trucha de quinientos gramos para el desayuno-. El Coura baja, indiferente, pero hay quien jura que, en las noches sin viento, aún se oye el eco de una guitarra desafinada que nunca más calló.