Artículo completo sobre Alvaredo: terrazas de Alvarinho y cantos en el lagar
Entre viñedos de granito y humo de roble, el pueblo guarda el secreto del mejor Vinho Verde
Ocultar artículo Leer artículo completo
La luz de la mañana acaricia apenas los bancales cuando ya resuena el roce de las tijeras de podar entre las vides. En Alvaredo, a 108 metros de altitud sobre el valle del Miño, el paisaje se ordena en terrazas de granito donde el Alvarinho madura bajo un microclima irrepetible: el que el río genera al ascender en bruma y que permite a la uva alcanzar aquí su expresión más alta. Entre los muros de piedra que trepan la ladera, el aire huele a tierra húmeda y a hoja de vid, y al fondo, siempre presente, la masa verde de la sierra del Soajo recorta el cielo.
Piedra, talla y azulejo
La iglesia parroquial se alza en el centro desde el siglo XVI, ampliada en los siglos siguientes. En su interior, la talla dorada barroca del retablo contrasta con la luz fría que entra por los vidrieras, y los paneles de azulejo del siglo XVIII cuentan historias bíblicas en azul cobalto. Más arriba, junto al camino que lleva a los castañares, la Capela de São Bento espera la romería del 21 de marzo —misa campestre, procesión entre cruces de piedra del siglo XVIII, concertina y grupos folclóricos que bajan de las aldeas más altas. El puente medieval sobre el arroyo, de un solo arco en sillares románicos, aún soporta el peso de los tractores que transportan la uva en septiembre.
El lagar donde se canta
Alvaredo conserva uno de los lagares comunitarios de granito más antiguos en activo. En otoño, cuando comienza la vendimia, el pisado tradicional sucede al son de cantos a voz limpia —voces que se cruzan mientras los pies descalzos aplastan los racimos y el mosto corre por los canales de piedra. El Alvarinho producido aquí forma parte de la subregión de Monção y Melgaço, la más noble de los Vinhos Verdes, y probarlo in situ, fresco del lagar, es entender por qué esta variedad encontró aquí su territorio exacto.
Ahumados y mesa
En las casas de ahumado, el humo de roble se impregna en la ropa y en el pelo. Colgados sobre las brasas, curan la Chouriça de Carne de Melgaço IGP, la Chouriça de Sangre, el Salpicão y el Jamón —todos protegidos por indicación geográfica. En la mesa, el arroz de sarrabulho tiene el sabor intenso del vino tinto usado en su preparación, el rojão a la manera local lleva alubias blancas de la tierra, y el cabrito asado en horno de leña se acompaña de los suspiros de Alvaredo —pequeños bizcochos de nuez que crujen entre los dientes. En invierno, el ahumado casero da lugar a pequeñas romerías gastronómicas entre vecinos, donde se comparte lo que la matanza del cerdo ibérico ha dado.
Caminos entre muros
El Camino de Santiago —Camino del Norte— atraviesa Alvaredo por veredas entre muros de pizarra y hórreos de granito. La ruta peatonal ‘Vinos y Ahumados’ une la iglesia parroquial con las cruces procesionales, pasa por los molinos de agua que aún conservan sus piedras, y termina en una casa de ahumado con degustación. Desde el mirador del Cruceiro de São Bento, al final del día, la vista se extiende sobre los viñedos en bancal hasta el río Miño, que brilla como metal a lo lejos, y la sierra se oscurece en capas sucesivas de verde y gris.
Cuando termina la vendimia y los lagares se lavan, queda en el aire un olor dulzón a orujo y a piedra mojada —memoria líquida de septiembre que se cristaliza en el granito frío y perdura hasta la próxima cosecha.