Artículo completo sobre Barroças y Taias: el Miño entre viñedos de Alvarinho
En Monção, dos aldeas unidas por el granito, el silencio y el sabor del vino verde
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Las campanas sobre la laja
El bronce de la iglesia golpea el aire sobre los tejados de pizarra. El eco tarda en morir en el valle del Miño. Son 279 personas repartidas en 271 hectáreas de ladera. Los viñedos en bancales se pierden hasta el último ribazo.
Barroças y Taias se unieron en 2013, pero cada aldea conserva su propio cruce de caminos. La ER202 es la única carretera asfaltada que une Monção con Melgaço; el resto son pistas de tierra donde el empedrado obliga a bajar la marcha.
Las casas de granito llevan balcones de madera carcomida. En los corrales, las parras trepan sobre pérgolas de hierro. Aquí nace la acidez del Alvarinho: laderas mirando al sur donde la piedra se calienta todo el día.
Sobrevivir al tiempo
96 vecinos superan los 65 años; 13 niños bajan cada mañana al colegio de Monção. Al atardecer, cuando el calor afloja, los bancos de piedra junto a las capillas se llenan. Las huertas siguen verdes y los caminos, desbrozados. El silencio solo se rompe con un tractor o un ladrido lejano.
Carne Barrosã y Cachena da Peneda, ambas con DOP, bajan de la sierra en asados lentos y calderetas. En las tascas, el fumeiro cura al humo de roble. Un verde joven corta la grasa del plato.
Fiestas que vuelven
Último fin de semana de agosto: Nuestra Señora de la Rosa. Los emigrantes regresan y las calles se estrechan. Tercer domingo de septiembre: Nuestra Señora de los Dolores. El atrio se convierte en verbena.
Desde los 100 m de altitud se divisa Monção, a 4 km. Caminos rurales serpentean entre parcelas y bosquetes de roble. Con 102 habitantes por km², el horizonte se abre sin rascacielos. Cuando la luz rasante dora los muros de granito y el humo de las chimeneas sube recto, se entiende el pacto: vino y carne firmaron la paz con esta tierra hace siglos.