Artículo completo sobre Ceivães e Badim: la campana que nombra al Minho
Entre pan quemado y escudos borrados, dos pueblos guardan el alma del Minho
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El campanazo que lo recuerda todo
La campana de la iglesia de Ceivães repica tres veces. Primero sacude los postigos que nunca cierran del todo; luego baja hasta la escuela donde aprendí a leer y, por fin, se pierde entre las viñas que mi abuelo podaba hoja a hoja. En esa época del año, el Mouro trae el agua turbia de las primeras lluvias y el olor a arcilla mojada asciende hasta las costillas como una manta húmeda.
El puente de los desafíos
El Puente es el lugar donde los críos se retan a cruzar con los ojos cerrados. Nadie ha caído nunca, pero todos conocen al chico del Lourdal que aún se despierta gritando cuando recuerda el río que casi se lo lleva. Dicen que en 1386 los reyes se encontraron aquí; nosotros sabemos que lo importante es que el arco aguanta nuestros tractores cuando vamos a buscar maíz a España.
Brasones que se borran
En la iglesia, el padre Antonio aún usa la chaqueta remendada en el codo derecho —ese que roza la piedra al subir los escalones del altar—. Los escudos del Solar do Hospital están tan desgastados que solo se leen los nombres los domingos, cuando el sol entra rasgado por las rendijas de la madera. La Quinta dos Abreus tiene ahora una piscina de plástico azul donde los nietos de los Abreu se tiran a gritos, olvidados de las víboras que el bisabuelo contaba haber matado para heredar la tierra.
Badim huele a pan quemado
Badim huele siempre a pan quemado los sábados. Es el horno que doña Amelia calienta desde las cinco de la madrugada con cascaras de pino que su marido trae del monte. El cabrito no es de todos los días —solo cuando Felipe viene de Oporto y trae a los amigos que hablan alto y fotografían el plato—. La lamprea ya no remonta como antes; ahora es José Manuel quien la trae de Viana en una caja de poliestireno y todos fingimos no notar la diferencia.
Matrículas francesas y marchas de siempre
Las fiestas son cuando los emigrantes llenan las carreteras con matrículas francesas. Los críos nacidos allá llevan zapatillas caras y miran asombrados a nuestras chicas que bailan descalzas sobre la tierra apisonada. La banda toca las mismas marchas de hace treinta años —solo el trompeta nuevo tropieza con los compases que su padre tocaba sin mirar la partitura—.
El sendero donde pensar
El sendero hasta el Puente es donde llevo al perro cuando necesito pensar. Hay un lugar, justo después de la curva del robledal, donde el Mouro forma un charco natural y aún se encuentran cagarrutas de lobo en los días de barro. Nadie señala los caminos —las piedras están lisas de tanto pie que ya se conocen de memoria—. A veces me cruzo con Elvira, que va a buscar hierbas para el té, y hablamos bajito, como si el monte pudiera oírnos.
Pan caliente y viñas que se agarran
Cuando la campana toca al caer el día, no es solo para misa. Es el aviso de que la panadería va a cerrar y aún queda pan caliente para quien se dé prisa. Las viñas de la ladera, esas sí, siguen siendo las mismas —mis pies descalzos las conocen todas, cada cepa que se aferra al pizarra como quien se aferra a la vida—.