Artículo completo sobre Alvarinho entre verdes: Messegães, Valadares y Sá
Viñedos familiares, bodegas de granito y el Miño que perfuma la uva
Ocultar artículo Leer artículo completo
El granito de las bodegas retiene el frío de la noche incluso cuando el sol del mediodía calienta los bancales de vid. Entre Messegães, Valadares y Sá, el paisaje ondula en verde intenso —no el verde uniforme de los prados, sino el verde recortado de las vides de Alvarinho que trepan por las laderas en hileras apretadas, cada cepa atada al alambre como quien sujeta una promesa de vendimia. Al fondo, invisible pero presente, el Miño discurre manso, imprimiendo a la atmósfera una humedad suave que se nota en la piel y que explica la generosidad de las uvas.
Esta unión de tres aldeas —agregadas administrativamente en 2013 tras la fusión de la antigua parroquia de Messegães con Valadares y Sá— concentra en 802 hectáreas una densidad notable de viñedo de Alvarinho. Son parcelas pequeñas, muchas aún cultivadas en régimen familiar, donde las manos que podan en invierno son las mismas que vendimian en otoño. La toponimía dibuja el territorio: Messegães evoca “messe” o “messa”, término medieval para manantial, registrado en fueros de 1515; Valadares deriva del latín “vallatare”, en alusión al valle estrecho donde se asentó la aldea; Sá aparece en documentos de 1258 como “Saa”, patronímico de la familia Saá o Sá, poderosa en la región durante la Edad Media. Juntas forman un mosaico de 553 vecinos —257 de ellos con más de sesenta y cinco años, según el Censo 2021— que mantienen vivo un saber hacer transmitido de generación en generación.
Viña, carne y devoción
La Región Demarcada de los Vinos Verdes, creada en 1908, dibuja aquí una de sus expresiones más concentradas. El Alvarinho blanco, fresco y aromático, nace de estas laderas suaves entre 60 y 250 m de altitud, beneficiándose del microclima húmedo que el río Miño atempera. En las bodegas familiares —pequeñas construcciones de piedra con portadas bajas donde el silencio solo se rompe por el gluglú de la fermentación— el vino madura en acero o en tinaja de barro, a la espera del embotellado que llevará el sabor de esta tierra a mesas lejanas. La producción media ronda los 1.200 kg por hectárea, muy por debajo de los 2.000 kg permitidos, tal es la exigencia de concentración en la uva.
Pero la gastronomía local no se reduce a la copa. La Carne Barrosã DOP —cuya raza está documentada desde 1867 en estas tierras— y la Carne Cachena da Peneda DOP, ambas procedentes de pastos que salpican los sotos de castaño, abastecen las tascas donde aún se prepara el “Foda à Monção” —guiso que el historiador gastronómico Carlos Batalha Reis registra desde 1935 como “caldeirada de cordero con pan oscuro”. El cabrito asado en horno de leña, donde la piel cruje dorada y la carne se desprende del hueso, completa una mesa que las Roscas de Monção —cuya receta conventual remonta al Monasterio de Longos Vales, fundado en 1220— y las Barrigas de Freira cierran en dulce.
Romerías que juntan el valle
La Fiesta de Nuestra Señora de la Rosa, celebrada el domingo más próximo al 15 de agosto en la capilla de Messegães documentada desde 1758, y la Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, el 15 de septiembre en la ermita de Sá construida en 1723, marcan el calendario con procesiones que recorren los caminos entre las tres aldeas. Las imágenes de madera policromada salen de las capillas al son de cohetes de laurel fabricados en Goián, seguidas por fieles que caminan despacio bajo el peso del sol o de la lluvia fina, según la suerte del día. En las casetas levantadas en los atrios, las mujeres sirven caldo verde con col gallega de la huerta y vino tinto de la última vendimia, mientras los hombres conversan apoyados en los muros de granito, fumando cigarros enrollados en Folgosa.
Caminos entre viñedos
No hay senderos señalados ni espacios protegidos, pero los caminos rurales que unen las tres localidades ofrecen recorridos tranquilos entre viñedos y sotos. La carretera municipal EM534, que une Messegães con Valadares en un tramo de 2,3 km, sube y baja colinas donde la pizarra aflora entre la vid. Andar por aquí es cruzarse con tractores John Deere de 1972 cargados de uva en septiembre, oír el ladrido del perro guardián del señor Arménio cuando se pasa ante la quinta das Lameiras, oler la tierra mojada cuando la lluvia cae sobre las cepas. La proximidad de Monção, a 5 km, con su castillo fronterizo mandado construir por Dionisio en 1306 y el picota manuelina del siglo XVI, ofrece contrapunto urbano a quien busque completar la experiencia rural.
El sonido que queda no es espectacular: es el murmullo discreto del agua que corre por las levadas que riegan las viñas, construidas durante las obras de mejora agrícola de 1936-1940, un sonido tan constante que deja de oírse hasta que uno se para, cierra los ojos y comprende que siempre estuvo ahí, tejiendo el silencio que los 553 habitantes de esta unión de parroquias conocen por nombre propio.