Artículo completo sobre Castanheira: el pueblo donde el pan de broa marca el tiempo
Entre castaños centenarios y hornos de leña, Castanheira guarda el alma rural de Paredes de Coura
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El humo del horno de leña sube en espiral fina contra el cielo despejado de la mañana. Dentro de la casa baja de pizarra, el pan de broa se enfría sobre la mesa de granito mientras el olor a maíz caliente se mezcla con el aroma de castañas asadas que alguien ha traído del souto. Afuera, la campana de la iglesia parroquial rompe el silencio —un tañido grave, luego otro, marcando las nueve. Pero quien conoce Castanheira sabe que aquí el tiempo no lo marcan los relojes: es el sol, subiendo tras el Santo António y bajando sobre el Cepo da Vaca, quien manda.
Castanheira se alza a 572 metros, en un pliegue de laderas donde los castaños se agarran al granito como pueden. El souto más alto del municipio está justo al lado del Cepo, a 650 metros, con árboles que aún cargan erizos desde que mi abuelo era niño. Cuentan que Manuel da Cunha, «El Castañero», plantó cinco mil árboles en los baldíos entre 1890 y 1940. Hoy, los mayores señalan ciertos troncos y juran que fueron ellos quienes les dieron de comer durante la guerra.
La piedra que cuenta siglos
La iglesia parroquial tiene los azulejos azules y blancos que todo el mundo fotografía, pero es en la Capela do Livramento donde se reúne todo el pueblo el primer domingo de septiembre. La levantaron en 1856, después de que la peste pasara de largo —cuentan que fue la promesa de la vecina de Doña Augusta, que juró que si su hija sobrevivía… La procesión sube toda la cuesta, con las mujeres de velo negro y los hombres llevando la andadera a hombros. Tras la misa de campaña, se reparten bollos de fiesta que Doña Lourdes hace desde que tiene memoria: masa de hojaldre con un toque de canela y mantequilla de la sierra.
Al fondo del valle, el puente del Coura sigue llevando a quien necesita cruzar. No tiene nombre de rey ni fecha grabada, pero los paseos de granito están pulidos por tantos pies camino del campo o de la escuela. Los cruceros de piedra siguen donde siempre estuvieron —quien no sabe el camino, los mira y rehace sus pasos.
El sabor de la sierra
Cuando se es de Castanheira, se nota enseguida si el cerdo de Barroso es de verdad: la grasa es blanca como la nieve y huele a nueces. Mi tío hace los rojões en la cazuela de hierro de mi abuela: un hilo de aceite, rodajas gruesas de cebolla y se deja hasta que la carne coja color. Las papas de sarrabulho también son suyas: harina de maíz, sangre fresca y un punto de comino. El cabrito va al horno después de la misa dominical, cuando la leña de castaño ya arde sin llama —entonces la piel queda crujiente como debe.
En invierno, el ahumado del salón está lleno de embutidos ganando sabor. El salpicón tarda tres semanas, el lomo cinco, y la panceta se queda hasta que llega la hora de la feijoada à transmontana. El vino es blanco, de loureiro, hecho en la bodega del Sequeira —se bebe a temperatura de tierra, ni frío ni caliente. Con queso de cabra curado de Doña Albertina y una rebanada de broa caliente, es lo que hay.
En octubre, el Día de la Castaña, la aldea se queda pequeña. Baja gente de Lisboa, de Oporto, incluso de España, todos con ganas de sacudir los erizos y llevarse castañas a casa. La procesión sale de la iglesia y sube hasta el souto da Tapada, donde el sacerdote bendice la cosecha. Después, fuego para asar castañas, vino caliente y música hasta el amanecer.
Caminos de agua y verde
El Coura corre abajo, formando pozas donde los críos se tiran en calzoncillos los días de calor. La senda de los Soutos empieza justo en la puerta de la casa de mi madre: se sube por el robledal, se pasa por el souto do Visconde y se baja hasta el arroyo da Lage. Seis kilómetros que mi padre hacía dos veces al día cuando iba al colegio en Paradela. El Camino del Coura es más largo, pero merece la pena: sigue las levadas de riego, donde el agua corre tranquila entre muros de piedra seca.
Desde lo alto de la Senhora do Livramiento se ve todo el valle del Lima. En días muy despejados, hasta se distingue la torre de la catedral de Tui —parece tan cerca que dan ganas de gritar para ver si hay eco. Pero el viento del este nos devuelve el olor de los eucaliptos y el sonido de las vacas pastando en la Chã de Lamas.
Al caer la tarde, cuando el último cliente sale del taller del alfarero con el cuenco de barro rojo aún caliente, la aldea se va aquietando. En la plaza de la iglesia, Joaquim y António aún discuten sobre quién canta mejor el canto al desafío. María de la Concepción, que era la última cantadora, murió hace años, pero hay una nieta que ya le coge el relevo. El humo de los hornos vuelve a subir, ahora con olor a sardinas asadas. Las castañas, siempre las castañas, crujen en la plancha mientras la noche baja fría sobre los soutos. Y ahí mismo, en el banco de granito frente a la iglesia, el tiempo sigue pasando al ritmo de siempre —ni más rápido ni más lento, solo al compás de quien sabe que la sierra está ahí y seguirá, con nosotros o sin nosotros.