Artículo completo sobre Coura: el río que se quedó con el alma del pueblo
Entre rojões y castañas, el valle del Coura guarda la memoria de quienes ya no mandan
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El agua baja rápida entre los cantos de granito del Poço de Taboões y su rumor trae a la memoria los gritos de mi abuela cuando me descubría mojándome los pies en el fondo del gargantil. La luz de la mañana tarda en llegar al fondo del valle: primero toca las cumbres de la sierra y luego descende como quien no lleva prisa. El río se llama Coura desde siempre; si te paras un rato comprenderás por qué: el agua lo gobierna todo, desde los molinos que aún se agarran a las orillas hasta las historias de los viejos que juran haber visto corazas flotando en crecidas de años mal contados.
Villa que fue, aldea que quedó
Coura tuvo ayuntamiento propio hasta 1836, cuando llegaron desde Lisboa a decir que no podía ser. Sobraron los Paços do Concello —ese edificio que todos señalan como «donde estaban los que mandaban»— y el picota en la plaza, la más antigua del Minho que aún permanece donde la plantaron. La iglesia matriz guarda un retablo que merece la pena si te gusta el oro y los santos con cara de pocos amigos, pero hay que subir al cerro para entender al personal: la ermita de Nuestra Señora do Livramiento, toda blanca, es el destino el tercer domingo de agosto. Calza bien; la cuesta recuerda a esos gimnasios a los que escapaste en la juventud.
Castañas y rojões a la orilla del río
Cuarenta toneladas de castaña al año no es broma. En noviembre, las hogueras huelen a otoño y los soutos parecen haber dado a luz. La carne Barrosã aparece en los platos sin aspavientos —en los rojões, en el cabrito, en ese arroz de sarrabulho que parece inventado para acompañar vino verde cuando ya vas por la tercera botella—. Hay un bacalao cubierto de broa que la abuela de la tasca do Lameiro cocina desde 1974 y, si se lo pides, te cuenta el día que pasó Eusébio y se zampó dos raciones. La jeropiga y la aguardiente de madroño son lo que llaman «digestivo», aunque digestivo es el eufemismo que se usa cuando apetece otro copo sin que nadie te mire mal.
Senderos entre el granito y el agua
El Trilho dos Soutos son ocho kilómetros que conviene hacer al amanecer, antes de que la bruma decida irse. Desde el mirador do Outeiro se ve lo que importa: la sierra, el río y la certeza de que el mundo es más grande de lo que parece cuando estás en el bar discutiendo de fútbol. La Cascada de Coura es lo que los americanos llamarían «escondida», pero aquí todos sabemos dónde está; solo no lo pregonamos para que no se convierta en Disneylandia. El Poço da Gola es para valientes: el agua está tan fría que recuerda aquella vez que tu mujer te mandó dormir al sofá.
El primer lunes de cada mes la plaza se llena de gente que viene a vender lo que tiene: queso de cabra que no es para quienes cuidan el colesterol, miel de brezo que lo cura todo menos lo que importa y castañas que se comen así, calientes en la mano. Los Serandeiros cantan a voz en grito como si fuera 1850 y nadie les ha avisado de que ya se inventó la televisión. Queda el olor a leña quemada, el sabor de la jeropiga que todavía te cosquillea la garganta y la piedra fría bajo los pies, porque aquí, incluso en pleno agosto, la piedra guarda el invierno como quien guarda un secreto.