Artículo completo sobre Padornelo: donde las campanas doblan por los muertos
Un pueblo de 412 almas, viñas con alambre oxidado y cocido de buey criado en la ladera
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Las campanas de la iglesia no dan las horas: doblan cuando muere alguien o cuando el cura se acuerda de convocar misa. A 428 metros de altitud, el aire no es solo fresco; es húmedo, huele a eucalipto y, a veces, al humo de las chimeneas donde aún arden piñas. Padornelo no se descubre de golpe: hay que subir la carretera agujereada que nadie arregla, pasar el cruce donde la vieja del charco vende hortalizas en un puesto de madera, sentir el granito pulido de los escalones que suben a la ermita de San Benito.
La parroquia se extiende sobre 666 hectáreas de laderas que no solo miran al valle del Coura: se miran entre sí, cada una con su nombre propio: Couto, Carvalhal, Outeiro da Costa. Las viñas del vino verde no trepan por estética; van atadas con alambre oxidado y trozos de cable de tractor, y quien las trabaja tiene las manos cortadas y las rodillas rotas. En septiembre la vendimia empieza a las siete, cuando el reloj de la iglesia marca las ocho abajo, y el olor del mosto se mezcla con el sudor de quien lleva horas doblado.
La geografía de los gestos
Los 412 vecinos que quedan ya no se reparten mucho: hay casas con puertas clavadas y cristales rotos donde los nietos solo aparecen en verano. Pero aún se cruza al señor Antonio bajando al viñedo con la azada al hombro, y aún se oye a doña Alice llamar a las gallinas al caer la tarde. Son 117 los que han superado los 65 años, pero son ellos quienes saben cuándo es momento de podar, cómo se cura la carne para que no amargue, qué hierbas echar al caldo verde para que no repita.
La carne Barrosã no es una DOP en las cartas: es el buey que José Manuel crió en el campo de arriba, que se sacrificaba en invierno y duraba todo el año. La grasa blanca servía para hacer torreznos, los huesos para sopa, los huesos blandos para el perro. Hoy todavía se hace el cocido los domingos, pero ya nadie tiene cuatro horas para vigilar la olla: se usa la rápida y listo.
Calendario de devoción
La fiesta de Nuestra Señora del Livramiento es el 8 de septiembre, pero la gente empieza a llegar el sábado por la noche. Hay bocadillos de lomo a dos euros en el bar, está el tobogán donde el crío del año pasado se rompió el brazo, hay becerrada con los forcados de Vila Franca que vienen en autocar. Los emigrantes de Francia traen chocolates y las mujeres enseñan fotos de los nietos en el móvil. A veces llueve, a veces hace un calor de mil demonios, pero la verbena se monta siempre en el mismo lugar, encima del atrio donde antes se secaba el maíz.
En los cinco alojamientos que hay, tres son casas recuperadas que pertenecieron a abuelos. La del señor Joaquín conserva el horno donde él mismo hornea los sábados: no es para los huéspedes, es para él, pero deja un trozo por si alguien quiere. La ruta del Contrabando pasa justo al lado, pero quien la recorre no ve contrabandistas: ve eucaliptales nuevos que han crecido donde había castaños, ve piedras que marcaban fincas de quien ya murió.
Al atardecer, cuando el sol se esconde tras el Marão y la luz entra por la cocina de doña Lourdes, ella se asoma a ver si ha vuelto el gato. El silencio no es espeso: se oye el perro del vecino, el tractor de Antunes subiendo, el avión muy arriba. Padornelo no es silencio; es un lugar donde se escucha mejor lo que falta.