Artículo completo sobre Paredes de Coura: piedra, bacalao y rock entre el Coura
Entre graneros y el río perezoso, la unión de Paredes de Coura y Resende sabe a chuletón, procesión
Ocultar artículo Leer artículo completo
El agua del Coura es perezosa. Se queda ahí, al borde de la carretera, enroscándose como quien no quiere gastar pólvora. El forastero cree que es solo un arroyo más del pueblo, pero se equivoca: han pasado por su cauce romanos, mercaderes medievales y la peña del festival que ahora hace cola para la ducha caliente del camping.
Piedra sobre piedra
El nombre es programa. Dicen que hay quien se pasa la vida sin darse cuenta de que «Paredes» no es apellido de nadie, sino descripción del lugar. Las casas se agarran unas a otras como veteranos en la cafetería, todas de granito y poca charla. La iglesia del Espíritu Santo parece recién colocada, pero dentro el altar dorado cuenta historias de diezmos y promesas que ni el cura más viejo recuerda.
En agosto el bicho pega. La procesión de la Señora de las Dolores baja la calle a las siete de la tarde, cuando el calor aún resquebraja las piedras. Antes venían romeros de lejos; hoy son sobre todo los de aquí los que siguen el paso, intercambiando recetas de bacalao mientras la banda toca lento. Ese mismo fin de semana, el pelourinho del siglo XVIII sirve de punto de encuentro para que los nietos esperen a los abuelos: «Voy al pelourinho» es código local para «voy a tomar una caña en la taberna».
A la mesa del Alto Minho
La Carne Barrosã no necesita presentación. Es de esas vacas que parecen bueyes de labranza, pero el sabor está en otra liga. En la tasca del Zé la sirven en chuleta gorda, con patatas en rodajas y un puñetazo de ajo. El vino verde viene en una jarra de barro que ya usó su padre y su abuelo: blanco casi siempre, tinto cuando se habla de caza o de fútbol. De postre, los pasteles de Viana se hacen los ligeros, pero son traicioneros: coma dos y ya no necesita cenar.
Sendas entre montes
La ruta del Corno de Bico es como ir al bar de siempre: ya se sabe el camino, pero siempre hay novedad. Se sube por la Mata da Albergaria, donde el aire huele a pino y a moho, y se baja al pueblo con las piernas pidiendo un café con aguardiente. Si se prefiere algo corto, se va hasta la Cotaleira: cuarenta minutos de subida y una vista que permite husmear España los días claros. Lleve agua: arriba solo hay vacas y unas piedras con nombres que nadie lee.
A las seis de la tarde, cuando la campana de la iglesia toca a avemaría, el centro se vacía. Los comercios cierran con la puntualidad de un reloj suizo, la gente se traslada a las terrazas y el Coura sigue ahí abajo, haciendo su ruidito de agua que nadie oye. Es entonces cuando Paredes de Coura se parece más a sí misma: ni pueblo moderno, ni aldea perdida — solo el sitio donde la piedra, el ganado y el festival se entienden desde hace más de dos mil años.