Artículo completo sobre Azias: granito, vino y vacas entre robles
A 427 m, la parroquia de Azias guarda el sabor del Gerês y el silencio de la sierra
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El granito asoma al borde del camino como quien no quiere la cosa, cubierto de líquenes que solo crecen donde el aire es realmente puro —es decir, casi solo aquí—. La carretera sube y baja entre muros de piedra en seco, flanqueada por robles que filtran la luz de la mañana como cortinas de casa de abuela. Azias se alza a 427 metros, ya en el umbral del Gerês, donde la montaña empieza a imponerse: primero en los bancales, luego en el frío que se te clava entre costillas hasta bien entrada la primavera.
La parroquia abarca 844 hectáreas de laderas orientadas al valle. Es tierra de pastoreo y de viñedo —el que da el vino verde de emparrado alto, con acidez suficiente para cortar la grasa de la chanfana—. El ganado pasta en los lameiros: vacas Barrosãs y Cachenhas da Peneda, razas que son patrimonio vivo, animales de tamaño medio acostumbrados al desnivel y a la humedad. La carne es densa, veteado, con sabor a pasto de montaña —si la prueba, entiende de inmediato por qué los restaurantes de la zona la sirven con tanta naturalidad.
Entre el valle y la sierra
Trescientas tres personas. Es la cifra del último censo, confirmada con solo mirar alrededor: 123 tienen más de 65, 18 menos de 14. La aritmética es clara, pero no es drama: es vida. Las casas de granito siguen habitadas, los ahumados aún curan chorizos en invierno, las huertas producen colinabos y nabos que aguantan la helada sin rechistar.
La Festa de Nossa Senhora da Paz y la Romaria de São Bartolomeu son los días en que la aldea engorda de gente —los emigrantes vuelven, el atrio se llena, el humo de las sardinas sube entre los árboles—. Después, el silencio regresa. No es el silencio del desierto, es el de quien está acostumbrado a oír el viento en los pinos y el tractor del vecino a dos kilómetros.
Puerta de piedra a la Peneda
El Parque Nacional empieza aquí mismo, sin cartel ni fanfarria. No hay vallas: solo el paisaje que cambia, el bosque que se espesa, la pizarra que sustituye al granito labrado. Azias es la última población antes de la sierra profunda, donde aún hay ultramarinos y cafetería, donde se puede comprar pan antes de encarar los senderos de cabras.
El Camino de Santiago pasa por aquí. Los peregrinos suben la ladera con bastones y mochilas, se paran en las fuentes que nunca se secan —agua tan fría que duele en los dientes—. Algunos duermen en la única casa que alquila habitaciones: despiertan con el canto del gallo y el olor a leña, salen a la calle y aún hay quien les dice «buen camino» antes de doblar la esquina.
Por la tarde, la luz golpea las fachadas orientadas al oeste y el granito guarda el calor como quien guarda un secreto. En las eras, el maíz se seca al sol —grano menudo, amarillo oscuro, que luego irá a la broa—. Azias no promete espectáculo ni confort. Ofrece la textura áspera de la piedra, el sabor mineral del agua, el peso físico de la altitud. Quien viene se lleva en los pulmones el aire enrarecido de la montaña y, en los zapatos, el polvo fino de los caminos que no mienten: son de tierra apisonada, como los de siempre.