Artículo completo sobre Boivães: tambores y granito en el valle del Lima
Sus 264 vecinos celebran a Nuestra Señora de la Paz entre hórreos y silencio
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El redoble de los tambores llega antes que la procesión. En las primeras mañanas de septiembre, cuando la niebla aún se aferra a los castañares, el sonido grave recorre el valle del Lima y anuncia que Boivães celebra a Nuestra Señora de la Paz. La aldea se alza a 373 metros de altitud, abrazada a las primeras elevaciones que preceden el macizo de la Peneda, y sus 264 vecinos se reparten por un territorio donde el granito, el verde y el silencio componen una gramática antigua. Aquí, la densidad de población no alcanza los siete habitantes por kilómetro cuadrado —cifra que explica la integridad casi intacta de los hórreos de piedra y de los caminos que serpentean entre muros de pizarra.
Piedra que habla, piedra que reza
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Paz domina el caserío. El templo, de origen medieval pero profundamente remodelado en el siglo XVIII, atesora un retablo barroco y paneles de azulejo del siglo XVII que le valieron la catalogación de Bien de Interés Público. En el atrio, un cruceiro granítico del siglo XVI da fe de la devoción de otras generaciones. Más al sur, en el cerro que vigila la aldea, la ermita de San Bartolomé se alza desde el siglo XVII. La tradición cuenta que la imagen del santo fue hallada en ese mismo lugar, oculta durante la invasión musulmana —leyenda o no, el emplazamiento impone por la vista sobre el valle y por la romería que, el 24 de agosto, baja en procesión hasta la aldea, donde se comparte caldo de nabo con rojões y se baila el vira al son de las concertinas.
Carne de altitud, vino de ladera
La cocina de Boivães se asienta en la ganadería de altura. La Carne Barrosã DOP y la Carne Cachena da Peneda DOP llegan a las carnicerías locales directamente de los pastos que rodean la parroquia —territorio donde el término medieval bovianes, hato de bueyes, aún cobra sentido. El arroz de sarrabulho, el rojão a la manera de Ponte da Barca y el cabrito asado a la brasa de castaño componen comidas que reclaman vino verde blanco, ligero y ligeramente gasificado, producido en las viñas que descienden en bancales hasta el río de Boivães. De las charcuterías destacan la morcilla de arroz y el salpicón ahumado, productos que en invierno acompañan el «Cantar das Janeiras» —grupo de hombres que, en la noche de Reyes, recorre las casas a cambio de bolos, vino y embutido.
Sendero de peregrinos, paisaje de granito
El Camino de Santiago —variante del Camino del Norte— atraviesa Boivães y sube por la ladera occidental del Soajo. Quien camina por aquí cruza el puente medieval reconstruido en 1785, pasa entre hórreos de granito y entra en robledales donde el silencio solo se rompe por el murmullo del río. A menos de diez kilómetros, la entrada del Parque Nacional de la Peneda-Gerês da acceso a las rutas de la Preguiça y del Mirador de Nuestra Señora de la Peneda. El mosaico de pequeñas parcelas de maíz y patata alterna con castañares —árboles que en otoño tiñen la tierra de marrón óxido y proporcionan la leña que arde en los asadores de cabrito.
Al caer la tarde, el cerro de San Bartolomé se vacía. Queda el viento frío que sube del valle, el olor a leña quemada que escapa de las chimeneas y, a lo lejos, la campana que toca las Avemarías. El granito de la ermita aún guarda el calor del sol poniente —piedra que calienta las manos y recuerda que, en Boivães, la materia resiste al tiempo mejor que los hombres.