Artículo completo sobre União das freguesias de Crasto, Ruivos e Grovelas
Pasea entre molinos mudos, iglesias manuelinas y el pan recién hecho de doña Rosa
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La campana de la iglesia suelta tres badajadas que se deslizan por el valle, rozan los secanos de centeno y mueren junto al cruceiro de piedra. En Ruivos nadie se asoma a la ventana: ya se sabe que son las tres en punto. El silencio que queda es denso, del tamaño de la ladera, roto solo por el mirlo que se baña en el molino abandonado y por el chirrido de la puerta de Celestino cuando sale a por leña. Huele a leña verde de roble y, si gira el viento, trae el pan que doña Rosa saca del horno los jueves.
Crasto, Ruivos y Grovelas se juntaron en el papel en 2013, pero quien pisa aquí sabe que el valle siempre fue uno solo: el mismo arroyo da de beber a las tres aldeas, el mismo camino de Santiago lleva a los peregrinos, el mismo viento se lleva el olor del estiércol a todas partes. Son 954 hectáreas, dicen los mapas; para nosotros es el tiempo que se tarda en ir andando desde la ermita de Nuestra Señora de la Paz hasta el cruceiro de Crasto, contando la parada para beber en la fuente de la Póvoa.
Piedra, agua y lo que quedó
Crasto nació donde el arroyo hace un resalto: las casas se pegan al pizarra como si fueran nombramientos, unas encima de otras, para no quitarle terreno al centeno. Los molinos siguen en pie, pero las ruedas rotas siguen prendidas al eje y el péndulo no se mueve desde hace años. Aun así, cuando bajan las lluvias de enero, el dichoso arroyo se llena y el molino del Pimenta da media vuelta, solo para recordar que alguna vez movió engranajes.
La iglesia de Ruivos tiene un portal manuelino que parece hecho con una navaja de cortar pan: tallado fino, tan fino que la piedra parece doblarse. Cuando el sol da de lleno al mediodía, el granito se aclara y se ve el agujero de la bala que dejaron los franceses en 1809. Dentro huele a cera derretida y a madera que el tiempo ha ido oscureciendo. La talla dorada de Grovelas ha perdido la hoja, pero aún se ve el ángel que le falta un ojo y la Virgen con el Niño en brazos, sonriendo como quien sabe que la restauración nunca llegará.
Ganado que marca el reloj
Las cachenas salen a las siete de la mañana, solas, cuesta arriba por la carretera. No necesitan a nadie: conocen el camino de las branas como quien va al trastero de su casa. En junio suben, en octubre bajan; entre medio, pastan donde quieren. La carne, tras tres días en el ahumadero de roble, huele tan fuerte que se mete en la ropa y no sale. El cocido lleva tomillo bravo que se arranca junto a la cisterna y un hilo de aceite tan verde que quema en la garganta.
En las tascas no hay carta: se pregunta qué hay y se sirve lo que hay. Puede ser lamprea cuando el Lima la trae, puede ser torreznos cuando se mata el cerdo. El vino es blanco, servido en cazuelas de barro que dejan la boca con sabor a tiza.
La senda que sube sin castigo
El PR3 empieza junto al molino de Crasto y sube por un carril de pizarra suelta. La primera parada es el souto de toda la vida: castaños que daban fruta antes de que naciera nuestra abuela. Después, la levada que llevaba agua al molino; el agua se fue, pero la levada aguanta como promesa antigua. Arriba, el mirador no es más que una losa mayor, pero da para ver al Lima hacer la curva del Gaio y la sierra perderse en nombre de aldeas que ya nadie habita.
Se baja por Grovelas entre muros de piedra donde crece tomillo y donde los niños escriben nombres con piedra de grafito. La playa fluvial es un rincón de arena fina que el arroyo trajo de noche; en agosto huele a protector solar y a sardina asada, pero en septiembre queda solo el olor a agua fría que ya no calienta.
Lo que se queda
Cuando el sol se pone tras el cruceiro de Ruivos, el valle queda en sombra y el viento trae el olor a estrella-de-cobre, flor que solo abre de noche. Doña Rosa recoge el lino que puso al sol, Celestino cierra la puerta del corral y la campana ya no suena: es día de semana, no hay misa. Queda el silencio, el perro que ladra lejos, el olor a leña que arde en alguna chimenea y la certeza de que, al día siguiente, las cachenas volverán a subir solas, el arroyo se llevará otra piedra y el pan volverá a sacarse del horno a las tres.