Artículo completo sobre Oleiros: campanas, olivo y pizarra entre viñedos
Un rincón de Ponte da Barca donde el tiempo se mide en olivos, hornos de leña y viñas en bancales.
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La campana de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Paz da a las siete de la mañana y a las siete de la tarde, horarios inalterables desde 1953, cuando el párroco António Augusto Lima mandó instalar el nuevo motor eléctrico. A 118 metros de altitud, el aire trae el olor húmedo del Ribeiro de Oleiros — un nombre que ya aparece en los fueros de 1546 como «Ribeiro de Oleyros», con y, porque los escribanos de D. João III aún escribían como oían. Oleiros respira al ritmo de las estaciones: las viñas reverdecen en primavera, los hórreos se llenan en otoño y el humo de los hornos de leña anuncia el cabrito asado del fin de semana.
La cal y la pizarra que cuentan siglos
La parroquia debe su nombre a los olivares —los olheiros— que cubrieron estas laderas durante la Edad Media. La iglesia matriz, un barroco sobrio catalogado como Bien de Interés Público en 1977, se alza en el centro de la aldea con la fachada encalada y los vanos enmarcados en granito. En el interior, el dorado de los retablos del siglo XVIII contrasta con la piedra viva de los muros laterales: restos del templo anterior, derribado en 1723 tras el terremoto de 1722. Más arriba, la ermita de San Bartolomé, mandada construir por D. Jerónimo de Távora en 1624, vigila el valle desde su cerro: un mirador natural donde el viento sopla con más fuerza y la vista abarca los campos agrícolas dibujados en bancales que los tamaños miden en «bracas», medida local equivalente a 1,65 metros. El Puente de Vilar, de pizarra, con su arco perfecto de 3 metros de luz, fue rehecho en 1892 tras la riada de San Martín de 1891 que se llevó el anterior.
Camino de piedra y fe
El Camino de Santiago del Norte atraviesa Oleiros en su etapa 10, entre Ponte da Barca y Rubiães, marcando la calzada con flechas amarillas que guían a los peregrinos. Quien anda por aquí se cruza con tractores John Deere de 1978 que aún funcionan, perros de Castro Laboreiro dormidos en los umbrales y ancianos sentados en el banco de granito junto al cruceiro de 1897. El 24 de agosto la aldea se llena para la fiesta de Nuestra Señora de la Paz: procesión que sale a las 16:30 de la iglesia matriz, baja por la Rua do Cruzeiro y la Rua da Igreja Nova, misa cantada por el coro de S. Paio de Arcos, verbena en la zona de ocio con sardinas a 3 euros y vino verde servido en cántaros de barro de la Olaría de Barroselas. El 24 de junio la romería de San Bartolomé lleva a los fieles hasta la ermita del alto, donde se bendicen los panes hechos por doce mujeres del pueblo: cada una aporta doce piezas, 144 en total, cifra que nunca varía.
Mesa servida con lo que da la tierra
La cocina de Oleiros obedece al horno de leña y al ahumado. El arroz de sarrabulho hierve despacio en cazo de cobre, denso y oscuro, adobado con pimentón de la Cooperativa de Ponte de Lima y cominos de Monção. El rojão a la manera de Ponte da Barca llega a la mesa con patatas fritas en aceite de Trás-os-Montes y encurtidos de col hechos en octubre; la carne de cerdo ha marinado 48 horas en vino blanco Loureiro y ajo. El cabrito asa cuatro horas en el horno, regado con vino blanco y ajo, sazonado con pimentón del Marco. En los postres, el bolo de laranira empapado en almíbar de aguardiente vieja de la Casa do Peso; los suspiros que se deshacen en la lengua, hechos con claras de huevos de la raza Amarela; el dulce de calabaza en lonchas traslúcidas que se conservan hasta diciembre. En las quintas se produce vino verde DOC: Loureiro fresco y Vinhão tinto, cargado, que acompaña jamón curado 18 meses y queso de cabra transmontano. La Carne Barrosã DOP y la Carne Cachena da Peneda DOP garantizan la calidad de las carnes que llegan a las parrillas de las fiestas; la matanza tradicional es el 15 de noviembre.
Entre el Lima y la Peneda
La parroquia forma parte de la franja occidental del Parque Nacional da Peneda-Gerês, donde los senderos suben entre robles y castaños hasta el Mirador del Cruceiro, a 380 metros. El Ribeiro de Oleiros corre encajonado entre orillas de helecho y musgo, alimentando levadas que riegan los campos: la Levada do Ribeiro, construida en 1932, abastece hoy 45 hectáreas. En el Lima, a siete kilómetros, hay piragüismo y playas fluviales de Vilar donde los niños se zambullen en verano: el agua marca 22 grados en agosto. La Feria de los Santos, el primer domingo de noviembre, expone cestería de mimbre hecha por ocho artesanos locales, mantas de lana de la fábrica de Vilar de Mouros y botellas de aguardiente de orujo a 50 grados, mientras se cata vino a la sombra de las carpas: la entrada es libre, la copa cuesta cincuenta céntimos.
Cuando cae la noche, el silencio de Oleiros solo se rompe con el ladrido lejano de Bobi, el perro del Sr. Arménio que vive en la Casa do Canto, y el crujido de las contraventanas de madera que se cierran a las 22:30. El olor a leña quemada persiste en el aire fresco y la luz amarilla de las ventanas dibuja cuadrados en la calzada de pizarra que Antonio, el cantero, va reponiendo piedra a piedda desde 1998.