Artículo completo sobre Bertiandos: la aldea donde el agua inventa la luz
Lagunas que respiran, fiestas que pesan y un silencio que se zambulle sin estallido
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El agua dibuja Bertiandos antes que cualquier mapa. En las lagunas, la luz de la mañana no se extiende: nace, como si el propio agua la engendrara. Los álamos no se reflejan; son ellos quienes sostienen el cielo por la raíz. El silencio pesa de verdad: hasta la garza real, cuando se zambulle, lo hace sin ruido, quien entra en una habitación donde alguien duerme. A 4,7 metros de altitud, sus 360 habitantes respiran al ritmo lento de las mareas que nadie ve, pero que notan en los muslos al andar.
Donde la tierra se olvida de ser tierra
El Monumento Natural no es un postal; es un esqueleto vivo. Los pasarelos crujen cuando cambia el tiempo y la madera se calienta al sol como piel. Debajo, el agua huele a hierro y a hoja podrida. Las libélulas no vuelan; se cuelgan en el aire como agujas que cosen el tiempo. Cuando pasan las nubes, la laguna se oscurece y se puede ver el propio reflejo deformado: una cara que nadie reconoce.
Las tres fiestas no son fiestas; son avisos. La Señora de la Buena Muerte huele a cera caliente y a flores de papel. El Señor de la Salud trae gente de fuera que deja zapatos nuevos a la puerta de la iglesia. El Señor del Socorro aún se carga a hombros de cuatro hombres que saben el peso exacto de un milagro.
El crucejo donde nadie para
El Camino de Santiago pasa, pero no se detiene. Los peregrinos miran el móvil, no el agua. Los que se quedan son los que se han perdido: un alemán con una pierna más corta que la otra, una coreana que llora sentada sobre un cubo de basura. En las cinco casas con habitaciones para alquilar, las sábanas huelen a jabón casero y a ropa que no se secó del todo. El desayuno es pan de ayer con mantequilla envasada, pero el café es fuerte, como debe ser.
La alma no tiene bar. Tiene la Capilla, que es la casa de Doña Amélia, donde se llama a la puerta y se entra para beber una aguardiente de madroño que guarda en una garrafa de plástico verde. La televisión está siempre puesta en el canal de noticias, pero sin sonido.
El final del día que no es final
Cuando se pone el sol, las lagunas no se doran: se encienden por dentro, como si tuvieran lámparas bajo el agua. El olor a lodo se mezcla con el humo de las chimeneas que se avivan para cenar. No hay gente en la calle, pero hay voces dentro de las casas: discusiones sobre la leche que se acaba, sobre los nietos que no llaman.
Un gato negro cruza la carretera nacional con un ratón aún retorciéndose en la boca. Un coche de matrícula española se detiene junto a las lagunas, apaga los faros y se queda ahí, a oscuras, veinte minutos. Cuando arranca, deja un vaso de plástico en el paseo. Mañana estará dentro del agua, a mitad de camino de quien sabe dónde.