Artículo completo sobre Facha: la campana que mide la vida en Ponte de Lima
Viñas de pizarra, 23 niños y un sousafón: así late el pueblo
Ocultar artículo Leer artículo completo
El campanario que marca el tiempo
Las campanadas —las mismas que se oyen a las siete de la mañana cuando aún es de noche— golpean tres veces y se sueltan. El sonido no muere enseguida; baja por la «Canada da Igreja», salta el muro de Avelino y se apaga en el regato de las Huertas. En Facha la campana no es un folklore, es el reloj. Quien nació aquí no mira al cielo para saber si es hora de comer o de misa.
Verde que no es postal
El verde de las viñas no es una postal; es jornal. El fin de semana se podan las varas; en marzo se quema la maleza; en agosto se cortan las uvas antes de que pique el sol. El que pasa en coche ve filas perfectas; el que baja a la tierra nota cómo el terrón se le pega a la suela y huele el fertilizante de curtidos que los aviones esparcen desde un helicóptero. Aquí no se habla de «terruño», se habla de «mineral»: el suelo es pizarra y granito, y cuando el Lima se desborda deja un barro que en los ochenta llevó el pan de millo a la boca del horno de doña Aurelia.
Veintitrés
Hay 1 390 vecinos, pero el número que importa es otro: 23. Es el de niños que esta mañana han entrado en la escuela primaria. Cuando suena el timbre, el pueblo parece contener la respiración: las madres dejan de charlar junto a la carnicería, don Aníbal apaga la sierra en la carpintería y hasta el perro del club de caza se sienta a la puerta del colegio como si supiera que el futuro cabe en una mochila azul.
Cuatro fiestas y una banda sin tuba
Las fiestas no son tres, son cuatro. Falta la de la patrona —Nuestra Señora de la Asunción— que antes se celebraba en septiembre con comida popular el domingo y casetas de caramelos de almendra. Hoy la procesión es más corta: baja por la Rua de Baixo, gira a la izquierda en la iglesia matriz y sube otra vez. La banda ya no tiene tuba —la robaron hace diez años— pero el sousafón de José Mario sirve sobradamente. Cuando el paso pasa delante de la Bodega Cooperativa, el presidente de la junta parroquial se quita la boina, aunque sea de la oposición.
Carne Barrosã para los de aquí
La Carne Barrosã no llega a los restaurantes de Lisboa; se queda aquí. La carnicería de don Luis sacrifica dos vacas al mes y quien quiera pierna debe encargarla con tres días. La grasa es amarilla como el maíz y se sala solo con sal gorda de Marinhas. El día de San Martín se hace el «asado de la fuente» en la plaza de toros abandonada: carne al espeto, vino tinto en cántaros de barro y broa que doña Odete trae caliente dentro del delantal.
Lagoas de Bertiandos, a tres kilómetros
Las Lagoas de Bertiandos quedan a tres kilómetros, pero se va andando por el «Passadiço» —tablones que crujen cuando llueve y que el viento de diciembre levanta—. Al caer la tarde, cuando baja la niebla, se oyen las ranas toro como si fueran vacas atadas. Lleva chaqueta: el viento gira siempre al norte y se lleva el calor de la espalda sin avisar.
Camino de Santiago, alojamiento y ausencia de Wi-Fi
Quien llega a Santiago entra por la «Rua Nova», que no es nueva: se abrió en los cincuenta para que el tractor del padre Anselmo pasara con la carreta. Los peregrinos piden agua en la fuente de la Alameda; nadie les dice que el agua nace de una mina y es más fresca que la del grifo. Hay tres habitaciones privadas: una en casa de doña Alda (tiene colchas de lino y bizcochos de fiestas en la mesilla), otra en la planta baja de José Costa (el perro llamado «Xico» ladra pero no muerde) y una tercera en el antiguo granero del club de caza —tiene ventana a la carretera y huele a heno, pero es la más barata: 15 euros con desayuno incluido. No hay Wi-Fi; hay una mesa en el café que da cobertura si te sientas en el lado derecho.
Diez de la noche: silencio y olor a madera
A las diez de la noche se apagan las luces de la calle. El último tractor aparca en el garaje del «Kiwi» —así llaman al mecánico— y empieza el silencio de verdad: solo se oye el reloj de la torre de la iglesia, el goteo del regato y, al fondo, el perro de don Ramalho que ladra a la luna porque le da la gana. El olor a leña no sale de las chimeneas antiguas; sale de la fábrica de palets que quema virutas para secar tablas. Aun así, cuando el viento gira, lo lleva hasta las ventanas y recuerda los tiempos en que las lareiras tenían bizcocho de yema en el horno y el abuelo se dormía con la radio «Renascença».
El mapa real
Facha no se visita; se habita. Quien solo pasa ve viñas y casas de granito. Quien se queda descubre que la piedra más vieja es la del muro del cementerio —tiene una cruz de 1723 y el nombre «Marques» borrado por el musgo— y que el verdadero mapa de la parroquia es el que se dibuja en el balcón del café después de misa: allí se sabe quién está enfermo, quién se casó, quién vendió el tractor y quién guarda botellas de 99 para el bautizo del nieto.