Artículo completo sobre Feitosa, donde el Lima se abraza a la viña
Veintisiete hectáreas de granito, fiestas y peregrinos en Ponte de Lima
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El granito de la iglesia está tibio, como si aún almacenara el calor del mediodía de ayer. Feitosa no es un lugar alto —cuarenta y cinco metros sobre el nivel del mar, dicen—, pero basta para ver el Lima abrirse en cauce ancho y que las viñas dibujen parcelas cuadradas sobre la vega. Son veintisiete hectáreas, ni una más ni una menos, donde caben mil ochocientas y pico personas, dos iglesias, tres fiestas populares y un gato negro al que llaman «Touro» por razones que nadie aclara.
El paso de los peregrinos
Dos rutas de Santiago se cruzan en la aldea: el Camino Central y el Camino del Interior. Llegan unos con sandalias y otros con zapatillas de correr, pero todos paran en la fuente de la plaza —la única que aún ofrece agua potable sin sabor a cloro. No hay albergue, así que quien se queda duerme en las habitaciones de quien tiene un primo en Lisboa que le habló del «airbnb rural». A veces, un peregrino pregunta si hay supermercado; lo mandan al Minipreço de Ponte de Lima, a cinco kilómetros, y le recomiendan llevar botella, porque el camino se alarga cuando se anda sin vino.
Lo que se celebra
El 15 de agosto es la Senhora da Boa Morte —nombre terrible, procesión hermosa. Sale de la capilla, baja por la recta de la carretera principal, vuelve por la calle de arriba donde la vieja Rosa reparte galletas de agua y sal a los críos. Después están el Señor de la Salud y el Señor del Socorro, porque, como dice el párroco, «nunca se sabe». En las tardes de fiesta, el humo de las sardinas tapa el olor del incienso y las copas de vino verde circulan de mano en mano más deprisa que el paso del anda.
Lagunas y viñas
Quien quiera ver agua quieta sin barro de vaca se va a las Lagunas de Bertiandos, diez minutos en coche. Es bonito, sí, pero lleve repelente: los mosquitos de allí son de raza, no esos perros de corral. En Feitosa el agua sirve para regar; lo demás es viña. La levada marca los límites de las parcelas —cada cuadrado tiene dueño, cada dueño opina sobre el tiempo, el precio de la uva y el vecino. El vino que se hace no lleva nombre de quinta, pero en el café saben a quién pertenece cada botella solo por el color del orujo.
Quién se queda, quién vuelve
Hay guardería, hay primaria, hay bus para el instituto en Ponte de Lima. Cuando los niños crecen, intentan irse «a la ciudad»; muchos regresan al cabo de unos años, se quejan del precio de las casas en la costa y aprovechan el tejado de los padres para montar otro apartamento. Los turistas aparecen sobre todo en octubre, cuando las hojas de la viña se vuelven amarillas y el aire huele a aceite nuevo. Dejan dinero, se llevan fotos y una botella que no paga IVA si es «para regalar».
El día acaba cuando el sol se esconde tras el monte de Lanhas y las primeras chimeneas comienzan a crepitar. Alguien aún riega el nabo en el huerto, otro cierra la puerta del gallinero y el perro del Zé empieza su turno nocturno de ladridos. Feitosa no tiene banda sonora oficial: tiene el chirrido de las bicicletas, el murmullo del río que no se ve y, a veces, un tractor calentando a las seis de la mañana. Es poco, pero basta para quien nació aquí —y para quien, por error o por gusto, decidió quedarse.